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lunes, 14 de agosto de 2017

Inseguridades de los grandes y pequeños escritores: La prosa sudorosa

Todos, absolutamente todos los escritores han dudado alguna vez acerca de sus propios escritos. Embargados por la incertidumbre, se han derrumbado ante el no saber si tal o cual frase, éste o aquel verso sobra. Si está lo suficientemente claro o si el mensaje podrá ser captado Y lo que es peor ¿gustara?
Claro está que una vez superado el espanto, pueden escribir hasta con los ojos cerrados, su estilo puede volverse inconfundible.
La prosa sencilla se ve como algo escolar, amateur, porque transmite la sensación de que el texto no ha costado esfuerzo.
 Sin embargo, no faltan los que insuflados por el repentino éxito se toman la licencia de escribir cualquier cosa ya que, cual rey Midas, todo lo que toca se convierte en oro. El éxito puede ser tan avasallador que se convierten en verdaderas máquinas de producir textos. Ése el el momento en que el escritor se deshumaniza y aquella prosa sudorosa se extingue en su propia tinta. Ivette Durán Calderón


Al respecto, David Dudda, periodista español, nos ofrece este magnífico artículo:
En una conversación con Fernando Aramburu en la revista El Cultural, Fernando Savater cuenta que fue al Museo Romántico de Madrid y vio algunos manuscritos de Bécquer. Savater admiraba la claridad y simpleza del poeta, pero vio que los textos expuestos estaban llenos de “tachaduras, rectificaciones, arrepentimientos, añadidos… ¡Cuánto esfuerzo le había costado llegar a la definitiva sencillez! Y, sobre todo, cuánto le costó que el distraído lector nunca notase olor a sudor, a gimnasio, en sus páginas.”
La prosa sencilla se ve como algo escolar, amateur, porque transmite la sensación de que el texto no ha costado esfuerzo. A Savater sus alumnos le decían “‘A ti se te entiende todo’, pero con un poco de reproche. Admiraban a los que entendían solo a medias, porque les resultaban más profundos.” Tengo un amigo que una vez, para no escribir la expresión “vender la moto”, que suena muy simple, escribió “saldar la motocicleta”. En vez de “convertirse”, pon mejor “tornarse”, que queda más literario. En vez de “es”, di “no es sino”. Mejor “antaño” (u “otrora”) que pasado.
La buena escritura es, según esta lógica, cuanto más palabras mejor, y cuanto más cerca de una carta de amor perfumada del siglo XIX, más respetable. Buscar el sinónimo más enrevesado para no caer en el cliché acaba siendo aún más cliché. A veces, como en el periodismo deportivo, parece mostrar un complejo de inferioridad frente a otros géneros periodísticos: si decimos “cancerbero” en vez de “portero” quizá nos tengan más respeto.
George Packer escribe en un texto sobre George Orwell en Letras Libres que “las palabras no deberían llamar la atención sobre sí mismas, deberían llevar al lector directamente a la realidad.” Esto no significa que en la sencillez y en la prosa clara no pueda haber un intento estético, o una búsqueda de la belleza. En “Por qué escribo” Orwell afirma que uno de sus motivos es el “Entusiasmo estético”: “La percepción de la belleza en el mundo exterior o, si se quiere, en las palabras y en su adecuada disposición. El placer ante el impacto de un sonido u otro, ante la firmeza de una buena prosa, ante el ritmo de un buen relato [las cursivas son mías].”
He escrito pocas cartas de amor. Pessoa decía que es más ridículo no haber escrito nunca una carta de amor que haberlo hecho. La que mejor me salió no la llegué a enviar. Era muy lacónica, con frases muy cortas, tenía ritmo y una buena estructura. Me basé en una columna de Félix Romeo en la que admitía que estaba enamorado. En ese texto, escrito en San Valentín, critica que “el amor nos sigue produciendo un tremendo pudor”. Escribe con naturalidad y palabras sencillas de algo tan común como el amor: “Estoy enamorado, sí. Y no me avergüenza decirlo, ni siquiera en San Valentín.” Su laconismo resulta tierno, casi ingenuo. No envié la carta porque me dio vergüenza enviar una carta de amor con una prosa tan fría. También me daba algo de pudor: no podía esconderme tras palabras enrevesadas. Quizá tampoco me creía del todo lo que decía en ella. Y me imaginaba una respuesta como “vaya, pero dime algo bonito”. Pero si le añadía metáforas, palabras cursis o arabescos, más que una carta de amor perfumada me parecía estar enviando una carta con olor a sudor.(Fuente: Letras Libres)
http://www.letraslibres.com/espana-mexico/literatura/la-prosa-sudorosa

lunes, 24 de abril de 2017

Libros que matan

  Imagen relacionada

Los libros más curiosos de la historia, se encuentran en la Biblioteca de Michigan.  Hoy nos referiremos a cuatro de los que son considerados letales.
El primero de ellos por ser fuente directa de inspiración para cometer atroces crímenes, hecho que ha sido corroborado con la confesión de un sicópata asesino. El libro en cuestión es El Coleccionista de Jhon Fowles, cuya trama desarrolla la historia de un psicópata quien decide secuestrar a una joven solo por el placer de hacerlo, secuestrada la mujer es escondida en una alejada cabaña en medio del bosque para poder  realizar con ella experimentos  de tortura y vejámenes con el fin de añadirla a una extraña colección de libros que poseía. El peligro de esta obra literaria se manifiesta cuando llega al lector equivocado, tal es el caso de homicidas.

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El Necromicón ocupa un sitio en la citada biblioteca , porque fue ideado por el famoso maestro estadounidense de la ciencia ficción H.H. Lovecraft, alrededor del año 1700, contienen sus páginas infinidad de invocaciones demoníacas, ritos satánicos e instrucciones malignas, los cuales —según opinión de expertos—,  pueden llegar a ser poderosos en manos equivocadas. Se dice que podría influir en la destrucción de la humanidad. El nombre de este libro “mágico” fue mencionado por primera vez  en el año 1921 en el cuento The hound (El sabueso). Se cree que su autor fue el árabe Abdul Alhazred reconocido como “el árabe loco”.

Finalmente tenemos a dos casos muy particulares, el libro Sombras de los Muros de la Muerte de (Shadows from the Walls of Death ) escrito en 1874 y cuyo autor es el galeno estadounidense Robert Kedzie  y el segundo, fue elaborado por un estudiante que investigó acerca de los efectos negativos del arsénico en los seres humanos.


papel tapiz

El estudiante en cuestión se basó en el papel tapiz para decorar casas  considerado el causante de que varias personas enfermaran y hasta murieran. Para confirmar su teoría recolectó muestras del papel tapiz que se creía contaminado, con ellas armó un libro bellos por los diseños del tapiz, pero mortal al contacto con las personas El libro se encuentra bajo llave y sus páginas debidamente  en capsuladas.

Con relación al  médico Kedzie, cuando se le preguntó por qué había escrito  y armado un libro mortal, la respuesta fue: “para salvar vidas”
La respuesta de suyo, tan contradictoria amerita que conozcamos parte de esa peculiar historia:

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A mediados del siglo XIX el papel pintado era muy popular en los hogares de toda Norteamérica. , Kedzie, trabajaba para dentro del sistema de sanidad y un buen día se percató del grave problema de salud a su alrededor del que poca gente era consciente. Y es que en esa época uno de los ingredientes para preparar y conseguir un buen secado de la pintura para destacar su  peculiar color verde, no era otro que el arsénico.

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Ese veneno que se va acumulando en el organismo de manera progresiva,  no es otro que el arsénico, es así que aunque no hubiera grandes cantidades de esa sustancia en el papel pintado, lo cierto es que con los años se va convirtiendo en la principal causa de graves problemas de salud, con posibilidad de muerte. Tres gramos son suficientes bastan para matar a una persona,  Kedzie lo sabía y por ello inició una campaña para alertar del uso industrial del arsénico, no tuvo mucho éxito por lo que se dio cuenta que necesitaba un golpe de efecto.




Nació entonces Shadows from the Walls of Death. Recorrió todas las casas que pudo donde sabía que tenían papel pintado tóxico y logró conseguir varias muestras, las cuales cortadas en tamaños homogéneos fueron encuadernadas y presentadas como libros, fueron cien ejemplares que quedaron vistosos y hasta bellos. Personalmente los distribuyó y las llevó a las librerías de la ciudad, anunciando su toxicidad en cada uno de ellos con la siguiente cita bíblica:

Y examinará la plaga; y si se vieren manchas en las paredes de la casa, manchas verdosas o rojizas, las cuales parecieren más profundas que la superficie de la pared, el sacerdote saldrá de la casa a la puerta de ella, y cerrará la casa por siete días. Y al séptimo día volverá el sacerdote, y la examinará; y si la plaga se hubiere extendido en las paredes de la casa, entonces mandará el sacerdote, y arrancarán las piedras en que estuviere la plaga, y las echarán fuera de la ciudad en lugar inmundo.

El médico fue más allá, pues se encargó de publicar un falso comunicado diciendo que una mujer se había envenenado al hojear uno de sus libros Fue parte de su genial  campaña de concienciación sobre el uso del arsénico. Los resultados paulatinamente fueron evidentes, pues se fue abandonando el uso de este veneno en productos de uso diario.

Existen dos ejemplares de este libro,  cuyas ochenta y seis páginas no contienen palabra alguna, excepto la cita bíblica. Se asemeja a un catálogo de papel tapiz. 

domingo, 26 de marzo de 2017

El ego del escritor



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El ego del escritor es una de las mayores debilidades que afectan a un escritor en su trabajo. Es un arma de doble filo con que el más de una vez se corta.
El ego del escritor puede llevarle a creerse más que los demás, a sentirse superior, a creerse especial. Tal vez se deba en parte a que el escritor aborda una empresa multidisciplinar, compartiendo destrezas con psicólogos, con burst-your-ego-bubble-600x320sociólogos y con otras muchas profesiones que le serán, no ya útiles, sino hasta imprescindibles en el desarrollo de sus proyectos. Puede que ahí radique la distorsión de la lente con la que ve su propio ego, en que siendo solo en una pequeña parte profesional de todas y cada una de esas disciplinas, el escritor ya se ve con el doctorado de cada una de ellas en la mano y aclamado por un público académico de primera línea.
El éxito de una obra inyecta tanto aire en el ego del escritor, que éste suele pasar a una nueva dimensión, y no hablo en el sentido estrictamente físico, sino en el sentido sicológico de, efectivamente, llegar a creerse alguien superior solo por haber parido una obra de masas que, por lo general, entienden mucho más de éxitos comerciales que de literatura. Siendo el primer entendimiento producto de la conjunción de una buena campaña de márketing y de una inmejorable penetración en un mercado muy permeable y estabulado, lo que le otorga al “lector” muy poca capacidad de discernimiento sobre lo que es literatura y lo que no, o de participación consciente en el encumbramiento de un autor y su ego.
Son centenares de escritores que por cuestiones de ego, son intolerables y hostiles hacia la sociedad y su propio caretasentorno; quedando muchos de ellos, no se sabe muy bien por qué, en aras de la misantropía. ¿Desde dónde se origina entonces tanta repulsión? Desde el propio ego. Desde la misma trinchera donde el escritor percibe el fondo y la forma de las cosas. No solamente es un ego inquieto, sino también nefasto para sí mismo; precisamente cuando el propio escritor va quedando eslavizado por sus pensamientos y conjeturas. Es como si se pusiera a sí mismo un estigma del que no puede desprenderse. Porque a veces el origen de un conflicto no es por una cuestión de conducta, sino de comportamiento. Y en ese sentido el ego es un arma de doble filo. Las razones por las que un escritor es tan aberrante, vanidoso, carente de escrúpulos, prepotente, chulesco, irreverente, ingrato, narcisista, envidioso, burlón e inaguantable, muchas veces se origina en su propio ego. En definitiva, la egolatría hace de muchos literatos enemigos de sí mismos. Al igual que, tu peor enemigo, tiene tu mismo nombre y apellidos. Y quizás no te hayas dado cuenta.(Publicado el 23 enero, 2017 por )

lunes, 6 de agosto de 2012

Se buscan profesores para las asignaturas de: Imaginación, Inspiración, Talento, Vivencias. Ref: Escuela de Escritores



© Ivette Durán Calderón

De un tiempo a esta parte, dos o tres años, no más, pero más intensamente, en diferentes países se imparten cursos de ¿Escritura? ¿Escritura Literaria? En otras palabras: van proliferando las Escuelas y Talleres para formar escritores. Sin embargo, ésta no es una novedad, México es el país pionero, ya que el año 1986 se creó la Escuela de Escritores de la SOGEM (Sociedad General de Escritores de México), que fue la primera en su tipo en Latinoamérica y España; esa institución se sumó al trabajo que desde 1957 realizaba el Centro Mexicano de Escritores, epicentro de la literatura mexicana del siglo XX.
Efectivamente, están plenamente justificados los cursos de Redacción, Gramática, Ortografía, Semántica, Sintaxis, Análisis de novela, cuento, relato, ensayo, Crítica Literaria  y un largo etcétera – con lo simple que sería llamar a este curso “Lengua” o “Lenguaje” o “Literatura”-  y no dejar de fomentar la venta de las guías de “Análisis de texto y Lengua”. Pero, no podemos impartir, calificar y evaluar la imaginación, la inspiración, el talento o las vivencias de cada “alumno”. Fulano de tal reprobó por ¿falta de imaginación? Metafóricamente hablando: Podemos llevar a un jumento a la fuerza hasta el río…pero no podremos obligarle a beber de sus aguas.
El asunto no es escribir por escribir y autodenominarse “escritor”. Escritor es quien escribe bien y se hace dueño y eco de su oficio para atraer a sus lectores, llegar a ellos a través de la palabra correctamente escrita. De un escritor se debe aprender, no perder el tiempo leyéndolo. Escribir se aprende escribiendo, luego de leer mucho.
No vamos a divagar en la pregunta de siempre: “¿El escritor nace o se hace?”, muy común en las entrevistas. Las respuestas son variopintas.
Tuve la oportunidad de conocer a varios Diplomados de Formación Literaria que estudiaron en la Escuela Mexicana de Escritores. Me mostraron algunos con orgullo y otros con frustración sus diplomas, los cuales no les hace merecedores del Título de Escritor,  “es la obra, no el diploma, lo que les permite llamarse escritores” - es uno de los axiomas de esa escuela. – Enfatizó uno de ellos.
En una de mis visitas a Argentina, estuve tentada, más por curiosidad, que necesidad, de participar en las clases de "Clínica para novela y crónica", aún me queda la duda si debí o no haber participado.
La Escuela de Escritura Creativa de Chile, ofrecía el año 2006 un interesante – llamado por ellos módulo de estudios-  “fomento del libro y la lectura” asumí que pretendían fomentar la escritura, publicación, venta y compra de libros para su consecuente lectura. El curso estaba dirigido a escritores, estudiantes, amantes del desarrollo literario, del fomento del libro y la lectura, y a la comunidad en general. Mi estancia fue tan breve que no pude obtener más información.
En España, ofrecen capacitación permanente y competitiva con cursos presenciales y online, existe asimismo, un Máster de Narrativa.
No ha dejado de sorprenderme el año 2009, cuando recibí la información-invitación de la Asociación Latinoamericana de Escritores Cristianos de un “Curso para Escritores” me sonó simpático y diferente. Fue desde entonces que estoy convencida que los escritores pueden y deben actualizar sus conocimientos, sus capacitadores será sus propios colegas, más, o menos destacados, según se aprecie,  ya sea por un golpe de suerte o porque su contemporáneo magistral legado literario no deja lugar a dudas.
Me cabe puntualizar que diariamente me llegan online invitaciones de talleres, cursos, seminarios, etc., para mejorar o aprender el arte de escribir, paralelamente me ofrecen ventajosas ofertas de autoedición, me enseñan a escribir, pago por ello, luego autoedito mi libro, pago y a esperar. Mientras pague realmente me “enseñarán a escribir” o simplemente ofrecen impresión de cualquier texto llámese, novela, cuento poemario, ensayo, etc., libros que jamás llegarán a un escaparate serio, menos aún a una Feria de Libros. Siempre se necesitará la firma editorial. La autoedición halaga el ego y acrecienta el arca de las imprentas.
Os dejo con esta noticia:
Escuelas de escritores ¿puro cuento o una realidad?
Formación. El arte literario
Académicos, directivos, escritores y estudiantes aseguran que las escuelas funcionan, que son espacios para la creación y la autocrítica, que allí no van a encontrar el talento pero sí a forjar la disciplina
En las escuelas de escritores el talento no se vende, tampoco forma parte de asignaturas ni se consigue mediante un diploma con validez oficial. Con el tiempo, se han convertido en espacios necesarios donde el aspirante a escritor se forja, vence sus egos y afirma la autocrítica; allí adquiere disciplina y calidad literaria.
En México abundan los talleres literarios, cursos y diplomados de literatura; unos impartidos en casas de cultura y muchos en instituciones de la iniciativa privada. Incluso es un país pionero en escuelas para escritores. En 1986 se creó la Escuela de Escritores de la Sogem, que fue la primera en su tipo en América y España; esa institución se sumó al trabajo que desde 1957 realizaba el Centro Mexicano de Escritores, epicentro de la literatura mexicana del siglo XX.
Son válidas algunas preguntas a propósito de estas escuelas: ¿sirven?, ¿proporcionan herramientas?, ¿ayudan a forjar escritores?, ¿son espacios de acompañamiento y consejo?, ¿son lugares donde los aspirantes a escritor hallan habilidades para el oficio de escribir?
Académicos, directivos, escritores y estudiantes aseguran que las escuelas funcionan, que son espacios para la creación y la autocrítica, que allí no van a encontrar el talento pero sí a forjar la disciplina, que hay premisas que deben cumplir, que es un oficio de mucha disciplina y que deben terminar con el prejuicio que existe de que un escritor se hace leyendo y en la calle.
“Hay un prejuicio muy grande contra las escuelas de escritores; ¿por qué si hay una escuela de pintura, una de música, una de cine, una de fotografía o una escuela de danza, no habría de haber una escuela de escritores?”, señala Mario González Suárez, quien dirige la Escuela Mexicana de Escritores, creada en mayo de 2011. 
Todas las escuelas emprenden nuevas estrategias para allegarse alumnos, abren talleres en líneas, crean cursos de especialización para que los alumnos terminen una obra y la publiquen editoriales independientes; suman escritores como maestros, están al tanto de lo que pasa en otras escuelas. En todas hay autores, hay muchachos que han ganado premios, profesionales de la literatura, hay sueños y deseos de hacer carrera, tener estilo y nombre y que su obra se inscriba en la llamada República de las Letras.
Más sobre lo mismo:
Escuelas de escritores ¿puro cuento o una realidad?
La Sogem fue pionera en sistematizar la enseñanza de la creación literaria. Hoy, varias universidades y otras instituciones han creado sus programas. ¿Se puede aprender a ser escritor en un pupitre? Aquí hablan algunas experiencias

TRADICIÓN. La Escuela de escritores de la Sogem fue pionera en América Latina y España; miles de egresados han pasado por sus aulas, 800 han obtenido algún premio. (Foto: Oscar Palacios)

Arturo Carrasco llegó a la Escuela Mexicana de Escritores con un manuscrito bajo el brazo, era a penas un proyecto, una historia que exigía ser contada. En poco más de un año ha emprendido el azaroso camino de la escritura, ha caído y se ha levantado, ha descubierto que se aprende a escribir escribiendo, que la literatura, como toda arte, no se asimila en un manual sino que es un asunto orgánico y una labor continua por encontrar la voz propia.
En las escuelas de escritores el talento no se vende, tampoco forma parte de asignaturas ni se consigue mediante un diploma con validez oficial. Con el tiempo, se han convertido en espacios necesarios donde el aspirante a escritor se forja, vence sus egos y afirma la autocrítica; allí adquiere disciplina y calidad literaria.

En México abundan los talleres literarios, cursos y diplomados de literatura; unos impartidos en casas de cultura y muchos en instituciones de la iniciativa privada. Incluso es un país pionero en escuelas para escritores. En 1986 se creó la Escuela de Escritores de la Sogem, que fue la primera en su tipo en América y España; esa institución se sumó al trabajo que desde 1957 realizaba el Centro Mexicano de Escritores, epicentro de la literatura mexicana del siglo XX.
Hoy, en pleno siglo XXI, donde existen por lo menos cinco escuelas para escritores, la mayoría de reciente creación, son válidas las preguntas: ¿sirven?, ¿proporcionan herramientas?, ¿ayudan a forjar escritores?, ¿son espacios de acompañamiento y consejo?, ¿son lugares donde los aspirantes a escritor hallan habilidades para el oficio de escribir?
Académicos, directivos, escritores y estudiantes aseguran que las escuelas funcionan, que son espacios para la creación y la autocrítica, que allí no van a encontrar el talento pero sí a forjar la disciplina, que hay premisas que deben cumplir, que es un oficio de mucha disciplina y que deben terminar con el prejuicio que existe de que un escritor se hace leyendo y en la calle.
“Hay un prejuicio muy grande contra las escuelas de escritores; ¿por qué si hay una escuela de pintura, una de música, una de cine, una de fotografía o una escuela de danza, no habría de haber una escuela de escritores?”, señala Mario González Suárez, el escritor que dirige la Escuela Mexicana de Escritores, creada en mayo de 2011.
Las escuelas de escritores suelen ser ejercicios de escritura, de tallereo, de lecturas en voz alta, de acompañamiento de tutor-alumno y de alumno con alumno, son espacios para la discusión, el análisis y la autocrítica; lugares en los que no se aprenden el oficio sino que se ejerce con crítica.
Por ejemplo, el Programa de Escritura Creativa que desde 2008 tiene la Universidad del Claustro de Sor Juana, dice Sandra Lorenzano, escritora y vicerrectora de esa institución educativa, está pensado para disfrutar de la escritura y compartirla, para descubrir las posibilidades que encierra, a partir del diálogo con escritores formados, pero también con los pares.
“Creo que no se puede ‘enseñar’ a escribir, pero sí se puede acompañar en un proceso formativo, de conocimientos de las diversas herramientas creativas, y de descubrimiento de los caminos que la escritura puede abrir”, comenta.
Para Elsie Méndez Baillet, directora desde hace un año de la Escuela de Escritores de la Sogem, institución con 25 años de trabajo, las escuelas de escritores brindan herramientas y un punto de vista, un consejo, pero solamente eso, pues dice que si el escritor no trabaja no logra nada. “Trabajamos a través de talleres, de escribir, de leer, de escuchar opiniones de los demás y de corregir. Cuando el alumno termina tiene escritos unos dos cuentos, tal vez un tercio de novela, un guión de cine o tal vez proyecto para televisión”.
Alejandro Montes, profesor-investigador de la academia de Creación Literaria de la licenciatura que se imparte en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México desde 2001, cita que muchos han dicho que “Shakespeare nunca fue a la universidad”, y sugiere que para escribir sólo es suficiente hacerlo, él afirma que es una aseveración muy parcial porque únicamente apela a la voluntad del escritor no al oficio adquirido por la confrontación práctica de la experiencia ni a la adquisición de conocimientos por investigación, estudio y lectura.
Escribir escribiendo
Elsie Méndez Baillet asegura que un escritor se descubre a sí mismo escribiendo. “Solamente con la práctica de su escritura puede descubrir su voz específica que surge a partir de su experiencia propia y de las habilidades que tenga, es decir, el talento, lo han dicho muchísimas personas, tiene que ver con la gran cantidad de trabajo, de práctica y de experiencia”.
Sandra Lorenzano asegura que hay interés, han cursado el programa 900 personas y que incluso han creado la licenciatura en Escritura creativa y literatura, cuya primera generación ingresó en agosto de 2011.
Alejandro Montes dice que un escritor debe profesionalizar su oficio no sólo desde la intuición sino por medio de conocimientos organizados que enriquezcan su trabajo.
González Suárez es categórico: “Una facultad de letras no sirve para ser escritor, hace profesores y críticos, frustra vocaciones literarias; una facultad de letras está demasiado ceñida a una serie de requisitos académicos que no necesita un escritor, está muy bien para la investigación, la docencia pero no para la creación”.
También dice que se equivocan los escritores que aseguran que el escritor se hace en la calle y en la cantina. “Tú no aprendes a escribir leyendo, aprendes a escribir escribiendo y sobre todo aprendiendo a escribir con otros escritores. Los jóvenes tienen que aprender a conocerse, a trabajar consigo mismos; la literatura como todas las artes no es algo que se pueda aprender en un manual, es algo orgánico con lo que tienes que trabajar; las escuelas trabajan con el oficio”.

En los últimos años han surgido escuelas de escritores en latinoamérica y España, está la escuela de escritores en Madrid que tiene mucha actividad, pero también ejercicios en Venezuela, Argentina, Colombia y Estados Unidos. Por ejemplo, el Programa de Escritura Creativa del Claustro de Sor Juana tomó como modelo la Escuela Holden, creada por Alessandro Baricco en Turín.
Todas las escuelas emprenden nuevas estrategias para allegarse alumnos, abren talleres en líneas, crean cursos de especialización para que los alumnos terminen una obnra y la publiquen editoriales independientes; suman escritores como maestros, están al tanto de lo que pasa en otras escuelas como Casa Lamm o los ejercicios en el Centro Xavier Villaurrutia o ese experimento que fue la Escuela Dinámica de Escritores de Mario Bellatín.
En todas las escuelas de escritores, hay autores, hay muchachos que han ganado premios, hay profesionales ejerciendo la literatura, hay sueños y deseos de hacer carrera, tener estilo y nombre y que su obra se inscriba en la llamada República de las Letras.
Fuente/ El Universal/LIVDUCA

miércoles, 5 de octubre de 2011

Una sola novela les bastó para alcanzar el éxito










Autores a los que les bastó una única novela para conseguir el éxito, tanto de público como de crítica.

Uno de los casos más significativos, sin duda, es el de Margaret Mitchell cuyo libro rompió todos los moldes, cosechó las mejores alabanzas, logró un Premio Pulitzer, se llevó a cabo la versión cinematográfica del mismo y además en la actualidad sigue siendo un gran icono. Estamos hablando de Lo que el viento se llevó (1936).

Scarlett O´Hara y Red Buttler son los protagonistas de este trabajo que transcurre en plena Guerra de Secesión Americana. Las difíciles situaciones que se vivían, la muerte, el dolor y la esclavitud son algunos de los temas que se abordan teniendo como eje central la historia de amor entre los citados personajes.

Un relato, escrito durante una convalecencia por Mitchell, que consiguió enganchar a los lectores del país donde batió todos los récords de venas y donde, a día de hoy, es todo un clásico de la literatura del país. Lo curioso, como decíamos, es que esta fue la primera y única novela que publicó su autora, quien a los pocos años moriría trágicamente atropellada.

Muchos relatos y, sobre todo, poemas fueron los que realizó la conocida Sylvia Plath, sin embargo, su pluma sólo realizó una novela: La campana de cristal (1963). Esta, semi-autobiográfica, cuenta sus conflictos psicológicos o sus relaciones personales y familiares, eso sí, con el nombre de los personajes cambiado. En ella la protagonista sufría una serie de problemas internos y esa parecía que era la más absoluta realidad pues a los pocos meses Plath acababa suicidándose.

Novelas únicas e irremplazables

Uno de los grandes iconos de la Literatura Rusa y Universal es Boris Pasternack, quien comparte con las dos anteriores escritoras que sólo realizó una única novela a lo largo de toda su trayectoria: Doctor Zhivago, una de las obras cumbres de todos los tiempos.

Dicho autor, Premio Nobel de Literatura, narra en estas páginas la vida de un médico y poeta (Yuri Zhivago) que se debate entre el amor a dos mujeres. Pero si complicado es tomar la decisión de elegir a una, aún lo es más si se tiene como telón de fondo la revolución rusa de 1917 y la posterior guerra civil que asoló el país. Nación la citada en la que este trabajo no pudo ser publicado hasta el año 1989.

Oscar Wilde con El retrato de Dorian Gray (1890), John Kennedy Toole con La conjura de los necios (1980), J.D. Salinger con El guardián entre el centeno (1951) o Emily Bronte con Cumbres borrascosas (1847) son otros de los escritores que engrosan esta lista de autores que consiguieron situarse en la cima del éxito con una única novela, la primera y última que escribieron.

Unos dejaron aparcada su pluma para siempre y otros la siguieron utilizando para desarrollar poesía, ensayo o teatro. Pero todos, sea como sea, merecen nuestro agradecimiento pues lograron regalarnos algunos de los libros más bellos de toda la Historia de la Literatura./María Merino/LIVDUCA

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Descatalogados y muy buscados – Libros de colección










¿”Sex” de Madonna? Sí, claro: aquel libro de fotografías en las que la señora Ciccone posaba desnuda en situaciones más o menos eróticas... Cualquiera que tuviera edad en esa época (1992) recuerda aquel volumen envuelto en una bolsa parecida a los envoltorios de los condones. Y por eso, no ha sido una gran sorpresa que la red “on line” Bookfinder.com (dirigida al mercado en inglés) de librerías de viejo del Reino Unido anunciara la semana pasada que “Sex” era el libro más demandado por sus clientes entre todos los títulos descatalogados con presencia en su catálogo.

Pero, ¿y los coleccionistas españoles? Iberlibro.com, el gran mercado de libros descatalogados para el mercado en español (parte del grupo Amazon), ha elaborado la lista de los deseos de sus clientes para ELMUNDO.es. Y el resultado es mucho más refinado.

“La soberana del campo de oro” y “El rey de los cangrejos”, de Emilio Salgari, en versiones de la Editorial Calleja hace un siglo largo, encabezan los anhelos de los usuarios de Iberlibro entre los libros descatalogados. Y su victoria parece un homenaje inesperado en el centenario de la muerte del escritor italiano. Según Iberlibro, "Estos títulos fueron publicados con bellas ilustraciones por la editorial Saturnino Calleja a finales del Siglo XIX y principios del S.XX, y suponen un tesoro para cualquier coleccionista o amante de la lectura de Salgari". A la Editorial Calleja, por cierto, remite aquel dicho popular de '(tener) más cuento que Calleja'.

Al lado de Salgari aparece en el podio otro autor clásico de aventuras del XIX, Alejandro Dumas, gracias a 'Los mohicanos de París', su obra más extensa que no la más conocida. Y, detrás, “Rabia”, la primera novela de Stephen King (1977), firmada con el seudónimo de Richard Bachman y olvidada por los editores españoles desde 2004 (Nuevas Ediciones de Bolsillo.)

Más: sigue otra entrada para empollones, la “Antología” de Fray Benito Jerónimo Feijoo, y después, un viejo “best seller” para chicas (“La fuerza de la pasión”, de Nora Roberts) y otro para chicos (“El aviso de Berlín”, de Nicholas Guild).

Y, en el trammo final de la tabla, la cosa vuelve a animarse: “Los mitos de Ctuluh”, clásico de terror de H. P. Lovecraft aparece en el séptimo puesto. La recopilación '10 relatos eróticos' (con textos de Bukowsky y de Cortázar entre otros, lanzado en 1995 por Plaza&Janes) es el octavo de la lista. Los “Cuentos del general”, del militar mexicano Vicente Riva Palacio, el noveno. Y el décimo corresponde a, sorpresa, Javier Coma, gran erudito de la “cultura popular” del medio siglo y autor de la muy demandada 'Historia de los cómics', una colección de 48 fascículos de 32 páginas cada uno publicada entre 1983 y 1984./ Luis Alemany/elmundo.es/LIVDUCA

miércoles, 3 de agosto de 2011

Lectura de autores antiguos ¿pérdida de tiempo?






Obviamente, primero hay que definir lo que significa “perder el tiempo”. En la literatura, supongo que tal concepto es imposible de definir. Cada uno disfruta de lo que quiere, bucea en los autores que considera y saca frutos según el bagaje que le acompañe en sus lecturas. No hay mucho más que discutir.

Sin embargo, la cosa cambia si hablamos de libros de no ficción: filosofía, divulgación, historia, política, psicología, etc. Entonces sí que podemos afirmar con cierto grado de seguridad que determinadas lecturas son perder el tiempo (si consideramos perder el tiempo obtener conocimientos útiles y no simples elucubraciones sin sentido o datos obsoletos o erróneos). Entonces, estar muerto hace muchos años ya no es garantía de sabiduría. No digo que un pensador antediluviano pueda dar en el clavo o consiga enfocar determinado problema con una brillantez que jamás se alcanzará posteriormente: lo que digo es que tener antigüedad no es garantía de ello.

Más bien es un handicap.

Si leemos, por ejemplo, a un pensador de hace seis siglos a fin de aplicar sus lucubraciones a los problemas que nos atañen, estaremos obligados a desbrozar ideas muertas y ello precisa de un trabajo cognitivo superior que si leemos a un pensador contemporáneo, cuyas ideas sintonizan mejor con los nuevos conocimientos (hablo, por supuesto, en general: seguro que hay pensadores contemporáneos que sólo tienen ideas muertas).

Busquemos un ejemplo bastante icónico: Aristóteles. El filósofo suele estar en boca de muchas personas que para, para afianzar sus argumentos, le citan una y otra vez. Con ello se incurre en una falacia de autoridad, pero sobre todo en lo que yo llamo falacia de antigüedad. Aristóteles, lo sé a ciencia cierta, ha escrito pasajes que deberían estar esculpidos en mármol. Y leerle es una delicia sencillamente porque te sientes transportado a otra época, porque puedes adentrarte en una mente marciana que vivió en otro mundo, porque puedes aprender cómo ha evolucionado el pensamiento desde entonces y mil motivos más.

Pero Aristóteles, a la luz de nuestros conocimientos, también incurría en unos errores garrafales, patinaba como un beodo de bar y sentenciaba como un estulto con birrete. Y para huir de todos esos manchones negros en su currículo hay que andar con buen ojo. Entonces, y sólo entonces, Aristóteles es una verdadera pérdida de tiempo (si definimos tal, insisto, como la adquisición de conocimientos objetivos que podamos aplicar a nuestros problemas cotidianos). En su día, por ejemplo, la repetición de sus opiniones por parte de los escolares provocó, por ejemplo, que durante siglos no se comprobaran sus afirmaciones.

Veamos algunos de ellos. El filósofo, como personaje atrapado en una conyuntura histórica y cultural, no dudaba en admitir el surgimiento de la vida mediante la generación espontánea. Como el hecho de que una ballena o un perro sugiera de la nada era un poco difícil de digerir, Aristóteles limitaba la generación espontánea a bichitos de poca monta, pequeños y de poca relevancia, procedentes del agua, la arena y el barro. El sol o el calor, entonces, infundían vida a moléculas que antes eran inanimadas.

“Todo cuerpo seco que se vuelva húmedo o cualquier cuerpo húmedo que se seque produce animales”, decía uno de los filósofos que hoy se cita a menudo como autoridad intelectual incuestionable. Podemos leer éstas y otras afirmaciones ridículas en sus tratados Historia de los animales y De la generación de los animales.

Artistóteles también decía que muchos insectos “proceden del rocío que cae sobre las hojas”. Muy poético, sin duda, aunque cualquier escolar podría ya replicar las afirmaciones de Aristóteles sin despinarse (si antes deja un rato la Playstation, se entiende).

Aristóteles aseguraba que nuestro cerebro no recibe sangre y es la parte más fría del cuerpo, destinada a refrigerar el resto. Quizá el cerebro de Aristóteles lo fuera. Que en el género humano, las ovejas, las cabras y los cerdos los machos tienen más dientes que las hembras. Que la sangre de la mujer es más oscura y espesa que la del varón. Que la mitad izquierda del cuerpo es más fría que la derecha.

Pero quizá las dos ideas de Aristóteles que perduraron durante más siglos enquistados en el conocimiento colectivo (abonado por la tradición y la religión) fueron que la Tierra era el centro del universo y que el vacío no existe.

Sobre la idea de que nuestro planeta pudiera desplazarse por el universo, Aristóteles se burlaba de los pensadores que ya habían valorado esta idea: “¡Qué ocurrencia! ¿Qué pasaría con los pájaros que vuelan si la Tierra se moviera?” Aristóteles era, por tanto, de los que creen que una mosca que vuela dentro del vagón de un tren debe desarrollar la misma velocidad del tren para no quedar hecha papilla contra la pared.

Aristóteles, señores, creía que los cuatro elementos básicos eran el agua, el aire, el fuego y la tierra, que el éter podría existir y que todas las cosas tienen un sitio idóneo en el cosmos y que si una piedra cae es porque se dirige a ocupar su lugar natural, que es el suelo.

En fin, quintales de bobadas que podríamos extraer de sus textos. Bobadas que no todo el mundo es capaz de desbrozar convenientemente. Bobadas que nos deben hacer recordar que los pensadores del pasado, por muy extraordinarios que hubieran sido en su época, hoy en día no deberían citarse con tanta alegría por el simple hecho de dar consistencia a lo que uno dice. A veces vale más la vena citar a la bruja Lola, aunque no quedes tan bien.

Y ahora a discutir. Pero antes: ¿proponéis lecturas antiguas que consideréis que vale la pena leer hoy en día?/Papel en Blanco/LIVDUCA

viernes, 1 de julio de 2011

Designaron a Bangkok, capital de Tailandia, como Capital Mundial del Libro 2013



En las últimas horas, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) resolvió junto a la Federación Internacional de Asociaciones e Instituciones de Bibliotecarios, la Federación Internacional de Libreros y la Unión Internacional de Editores designar a Bangkok como Capital Mundial del Libro 2013.

Según manifestó Irina Bokova, directora de la UNESCO, por medio de un comunicado, esta nueva designación permite la puesta en marcha de una iniciativa cultural rica, variada y valiosa “dirigida a la juventud, al público menos favorecido y al fomento de la lectura” que ideó la capital de Tailandia, una ciudad de seis millones y medio de habitantes, para conseguir este importante reconocimiento. De acuerdo a los datos que pudo recoger el periódico “El Mercurio Online”, Bangkok logró destacarse entre otras localidades evaluadas porque demostró voluntad “para reunir a todos los actores de la cadena del libro”.

Cabe recordar que este título que posee una vigencia máxima de un año fue creado en 1996 por la UNESCO con el fin de promover y reconocer los programas de calidad que contribuyan a impulsar el hábito de la lectura y promuevan la industria editorial en distintos rincones del mundo.

Al repasar el alcance que tuvo esta estrategia en los últimos años, es posible recordar que, hasta ahora, han sido capitales mundiales del libro urbes como Madrid (España), Alejandría (Egipto), Nueva Delhi (India), Amberes (Bélgica), Montreal (Canadá), Turín (Italia), Bogotá (Colombia), Amsterdam (Holanda), Beirut (Líbano) y Ljubljana (Eslovenia). Este año, el honor recayó en Buenos Aires, mientras que en 2012 será Ereván (Armenia)./Verónica Gudiña/LIVDUCA

El nombre ceremonial completo de Bangkok es กรุงเทพมหานคร อมรรัตนโกสินทร์ มหินทรายุธยา มหาดิลกภพ นพรัตนราชธานีบูรีรมย์ อุดมราชนิเวศน์มหาสถาน อมรพิมานอวตารสถิต สักกะทัตติยวิษณุกรรมประสิทธิ์, transcrito Krungthepmahanakhon Amonrattanakosin Mahintharayutthaya Mahadilokphop Noppharatratchathaniburirom Udomratchaniwetmahasathan Amonphimanawatansathit Sakkathattiyawitsanukamprasit, que significa “Ciudad de ángeles, la gran ciudad, la ciudad de joya eterna, la ciudad impenetrable del dios Indra, la magnífica capital del mundo dotada con nueve gemas preciosas, la ciudad feliz, que abunda en un colosal Palacio Real que se asemeja al domicilio divino donde reinan los dioses reencarnados, una ciudad brindada por Indra y construida por Vishnukam”. Para facilitar las conversaciones los habitantes del lugar se refieren a él como Krung Thep Maha Nakhon. El Libro Guiness no la reconoce como la ciudad con el nombre más largo del mundo ya que es un topónimo en desuso.

domingo, 22 de mayo de 2011

Veinte relatos del escritor Anthony Burgess, salen a la luz pública



Escritor, dramaturgo y músico inglés, Anthony Burgess es conocido principalmente por su novela La naranja mecánica (1962), obra que fue llevada al cine por Stanley Kubrick.


Burgess trabajó durante varios años en el sudeste asiático como profesor en la Royal Army, hasta que le fue detectada una enfermedad mortal. Decidido a que su obra literaria pudiera mantener a su mujer tras su muerte, Burgess dedicó cinco años a escribir de manera frenética. Sin embargo, el pronóstico no resultó mortal y Burgess escribió durante casi cuarenta años más.

La naranja mecánica obtuvo gran éxito tras la película de Kubrick, aunque su violencia y brutalidad -basadas en un hecho real de la vida de Burgess, generaron cierta polémica. Su uso de un lenguaje inventado para gran parte de la obra muestra la enorme capacidad del escritor para los idiomas, ya que hablaba malayo, japonés, alemán, italiano, entre otros.

Burgess escribió además numerosas críticas y ensayos literarios, compuso varias obras y piezas musicales y escribió obras de teatro.

Anthony Burgess murió en 1993.

El nombre de Anthony Burguess, es posible que a un gran porcentaje de lectores (o de interlocutores, dentro de una conversación), no les diga nada.. Pero si se menciona La naranja mecánica, se diría que más del 90% de los que escuchan o leen sabrán inmediatamente de qué se trata, y que las polémicas imágenes de la película de Kubrick salten de repente a su mente.

El tópico del sótano repleto de cajas llenas de escritos no publicados salta de nuevo a la palestra, y en el caso de Burgess, que si bien es conocido sobre todo por La naranja mecánica, que a su vez es conocida por la adaptación cinematográfica de Kubrick, fue un escritor (y músico) bastante prolífico, se han descubierto recientemente en dichas cajas hasta veinte relatos inéditos.Tras la muerte de su viuda, Liana, la Fundación Internacional Anthony Burgessheredó el contenido de tres casas donde había vivido la pareja, en Londres, Mónaco e Italia, y se ha dedicado durante los últimos cuatro años a revisar el material encontrado. Y no es poco material, entre este contenido hallamos unos cincuenta mil libros, y veinte mil fotografías, sinfonías, poemas y guiones de televisión y cine. Entre los guiones encontrados, algunos sin terminar, otros terminados pero rechazados por productoras y cadenas de televisión, hayproyectos sobre la vida de Atila el Huno o de Sigmund Freud, además de una obra de teatro sobre Houdini que creó con Orson Welles. Parece ser, además, que Burgess tenía la costumbre de escribir relatos, guardarlos y olvidarse de ellos; el infatigable artista publicó 33 novelas en vida, además de ser crítico, guionista y compositor. Entre los papeles encontrados también han aparecido sus primeras composiciones, el guión original deLa naranja mecánica (que Kubrick rechazó, prefiriendo escribirlo él mismo), una composición de ballet sobre la vida de Shakespeare y un musical sobre Trotsky. O por lo menos esto es lo que le aseguró Will Carr, director de la fundación, al periódico británico The Guardian, afirmando además que parte de esta producción se publicará el año que viene de manos de la propia fundación. Parece ser que han encontrado también el guión para una película sobre Napoleón que iba a ser dirigida también por Kubrick, y una de las composiciones descubiertas está ya en manos de la Orquesta Filarmónica de la BBC.

Y una vez más se nos viene a la cabeza esa eterna duda, la misma que preocupa a todos los herederos de un gran artista (o por lo menos a aquellos que tengan un mínimo de ética). ¿Es correcto compartir con el mundo material cuyo autor posiblemente habría rechazado? ¿Es lícito publicar relatos que a lo mejor el propio Burgess preferiría no haber escrito siquiera? Por otro lado, de no haber sido por la iniciativa de dichos herederos, no tendríamos a nuestra disposición algunos de los mejores escritos de la historia de la literatura. Tendremos que confiar en una fundación que, presuponemos, conoce lo bastante la figura y la obra de Burgess como para tomar esa decisión de manera consecuente./Lecturalia/LIVDUCA