Espacio destinado a la novela, ensayo, cuento, relato, poemas de ayer y de hoy.
lunes, 14 de agosto de 2017
Inseguridades de los grandes y pequeños escritores: La prosa sudorosa
lunes, 6 de agosto de 2012
Se buscan profesores para las asignaturas de: Imaginación, Inspiración, Talento, Vivencias. Ref: Escuela de Escritores
De un tiempo a esta parte, dos o tres años, no más, pero más intensamente, en diferentes países se imparten cursos de ¿Escritura? ¿Escritura Literaria? En otras palabras: van proliferando las Escuelas y Talleres para formar escritores. Sin embargo, ésta no es una novedad, México es el país pionero, ya que el año 1986 se creó la Escuela de Escritores de la SOGEM (Sociedad General de Escritores de México), que fue la primera en su tipo en Latinoamérica y España; esa institución se sumó al trabajo que desde 1957 realizaba el Centro Mexicano de Escritores, epicentro de la literatura mexicana del siglo XX.
miércoles, 5 de octubre de 2011
Una sola novela les bastó para alcanzar el éxito






Autores a los que les bastó una única novela para conseguir el éxito, tanto de público como de crítica.
Uno de los casos más significativos, sin duda, es el de Margaret Mitchell cuyo libro rompió todos los moldes, cosechó las mejores alabanzas, logró un Premio Pulitzer, se llevó a cabo la versión cinematográfica del mismo y además en la actualidad sigue siendo un gran icono. Estamos hablando de Lo que el viento se llevó (1936).
Scarlett O´Hara y Red Buttler son los protagonistas de este trabajo que transcurre en plena Guerra de Secesión Americana. Las difíciles situaciones que se vivían, la muerte, el dolor y la esclavitud son algunos de los temas que se abordan teniendo como eje central la historia de amor entre los citados personajes.
Un relato, escrito durante una convalecencia por Mitchell, que consiguió enganchar a los lectores del país donde batió todos los récords de venas y donde, a día de hoy, es todo un clásico de la literatura del país. Lo curioso, como decíamos, es que esta fue la primera y única novela que publicó su autora, quien a los pocos años moriría trágicamente atropellada.
Muchos relatos y, sobre todo, poemas fueron los que realizó la conocida Sylvia Plath, sin embargo, su pluma sólo realizó una novela: La campana de cristal (1963). Esta, semi-autobiográfica, cuenta sus conflictos psicológicos o sus relaciones personales y familiares, eso sí, con el nombre de los personajes cambiado. En ella la protagonista sufría una serie de problemas internos y esa parecía que era la más absoluta realidad pues a los pocos meses Plath acababa suicidándose.
Novelas únicas e irremplazables
Uno de los grandes iconos de la Literatura Rusa y Universal es Boris Pasternack, quien comparte con las dos anteriores escritoras que sólo realizó una única novela a lo largo de toda su trayectoria: Doctor Zhivago, una de las obras cumbres de todos los tiempos.
Dicho autor, Premio Nobel de Literatura, narra en estas páginas la vida de un médico y poeta (Yuri Zhivago) que se debate entre el amor a dos mujeres. Pero si complicado es tomar la decisión de elegir a una, aún lo es más si se tiene como telón de fondo la revolución rusa de 1917 y la posterior guerra civil que asoló el país. Nación la citada en la que este trabajo no pudo ser publicado hasta el año 1989.
Oscar Wilde con El retrato de Dorian Gray (1890), John Kennedy Toole con La conjura de los necios (1980), J.D. Salinger con El guardián entre el centeno (1951) o Emily Bronte con Cumbres borrascosas (1847) son otros de los escritores que engrosan esta lista de autores que consiguieron situarse en la cima del éxito con una única novela, la primera y última que escribieron.
Unos dejaron aparcada su pluma para siempre y otros la siguieron utilizando para desarrollar poesía, ensayo o teatro. Pero todos, sea como sea, merecen nuestro agradecimiento pues lograron regalarnos algunos de los libros más bellos de toda la Historia de la Literatura./María Merino/LIVDUCA
jueves, 8 de septiembre de 2011
De “puño y letra”, misivas y epístolas de amor, pasión, desengaños y rupturas hechas literatura







Los sms, el correo electrónico, el messenger… Hoy existe un sinfín de medios para comunicarse rápidamente y en tiempo real con nuestra pareja si no estamos a su lado.
Es la manera de mantener viva la llama del amor en la distancia.
Sin embargo, otro medio que, aunque ahora ya más en desuso, ha conseguido enamorar y ha servido para hacer declaraciones de los más profundos sentimientos: las cartas escritas “de puño y letra”.
No hay nada más romántico ni nada más íntimo que recibir una misiva de la persona por la que suspiramos. Y eso es precisamente lo que ha inspirado a más de un autor para desarrollar bellas historias que han enriquecido la Literatura Universal.
Uno de los primeros trabajos de este tipo es Cartas de la monja portuguesa. En el año 1669 es cuando esta religiosa, Mariana Alcoforado, escribe un conjunto de páginas de amor dirigidas al conde Chamilly, que la había seducido y que posteriormente se había marchado a tierras galas olvidándose de dicha aventura.
Sin embargo, para la citada monja era su Apolo, y completamente enamorada le escribió ese conjunto de misivas en las que, de manera abierta, le daba a conocer su pasión por él.
Todas las edades y etapas de la vida son estupendas para vivir el sentimiento más universal del mundo. Y así se refleja en Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso que publicó en el año 1983 el gran escritor español Miguel Delibes. Un relato donde se narra el flirteo y el intercambio de emociones entre un periodista soltero jubilado y una viuda.
Una relación que la mantendrán vía correspondencia a través de una sección de una revista.
Secretos postales
El descubrimiento de unas misivas de tono amoroso son el punto de partida del libro que Judith Arnold publicó en 2001: Cartas de amor prohibidas.
Sally, recogiendo los objetos personales de su marido recién fallecido, es la que descubre la correspondencia que él ocultaba de una chica llamada Laura.
El desconcierto y la desesperación serán los que llevarán a la viuda a ponerse en contacto con el mejor amigo del marido, Todd, quien tampoco conocía nada de esa historia. Ambos, dolidos por el engaño del fallecido, emprenderán una investigación para aclarar lo sucedido. Un proceso durante el cual la llama de la pasión surgirá entre ellos dos.
Un gran secreto es el que esconden también las misivas de la novela A buenas horas cartas de amor. En el año 2000 fue cuando Víctor Andresco lanzó al mercado esta novela que gira en torno al asesinato de un travesti en una parada de autobús. En el esclarecimiento del mismo jugarán un papel fundamental las mencionadas misivas que aparecen junto al cadáver.
El peculiar comisario Emilio González será el encargado de intentar encontrar al asesino usando como principal pista aquellos escritos pues detrás de ellos puede encontrarse el delincuente o la persona que dé luz al caso.
Secretos o pasiones se ocultan detrás de las cartas de estos libros que aquí subrayamos. El punto de conexión, sin duda, que reflejan los sentimientos más profundos del ser humano./ María Merino/LIVDUCA
martes, 30 de agosto de 2011
“Solo los hombres de talento saben cenar” - Eres lo que comes - Fisiología del Gusto, magnífico libro
“Solo los hombres de talento saben cenar”, era uno de los aforismos preferidos del más grande gastrónomo de la historia de Francia: Jean Anthelme Brillat Savarin, nacido en 1755 en la ciudad de Belley. Era el prototipo del cocinero de la época; gordo, sedentario y fanático de la buena mesa. Había estudiado derecho y escribió sobre política, economía y leyes, pero su obra cumbre que lo llevó a la fama fue: La Phisiologie du Gout o Fisiología del Gusto, publicada en 1825. El libro es un verdadero tratado acerca de la comida y su influencia sobre las personas.
Una obra maestra sobre el tema de la cocina como un arte y comer como un placer, este clásico de 1825 sobre los placeres de la comida y la bebida fue escrito por un político francés y hombre de letras, cuya verdadera pasión se centró en la gastronomía. Estilo encantador personal y anecdótico Brillat-Savarin le gana la simpatía de los lectores, y junto con sus recetas para el faisán, la fondue suiza, y otros platos, ofrece meditaciones ingeniosas a los sentidos, la virtud erótica de las trufas, la caza de pavos salvajes, los restaurantes parisinos , la historia de la cocina, dietas, y un centenar de otros temas interesantes.
miércoles, 3 de agosto de 2011
Lectura de autores antiguos ¿pérdida de tiempo?




Obviamente, primero hay que definir lo que significa “perder el tiempo”. En la literatura, supongo que tal concepto es imposible de definir. Cada uno disfruta de lo que quiere, bucea en los autores que considera y saca frutos según el bagaje que le acompañe en sus lecturas. No hay mucho más que discutir.
Sin embargo, la cosa cambia si hablamos de libros de no ficción: filosofía, divulgación, historia, política, psicología, etc. Entonces sí que podemos afirmar con cierto grado de seguridad que determinadas lecturas son perder el tiempo (si consideramos perder el tiempo obtener conocimientos útiles y no simples elucubraciones sin sentido o datos obsoletos o erróneos). Entonces, estar muerto hace muchos años ya no es garantía de sabiduría. No digo que un pensador antediluviano pueda dar en el clavo o consiga enfocar determinado problema con una brillantez que jamás se alcanzará posteriormente: lo que digo es que tener antigüedad no es garantía de ello.
Más bien es un handicap.
Si leemos, por ejemplo, a un pensador de hace seis siglos a fin de aplicar sus lucubraciones a los problemas que nos atañen, estaremos obligados a desbrozar ideas muertas y ello precisa de un trabajo cognitivo superior que si leemos a un pensador contemporáneo, cuyas ideas sintonizan mejor con los nuevos conocimientos (hablo, por supuesto, en general: seguro que hay pensadores contemporáneos que sólo tienen ideas muertas).
Busquemos un ejemplo bastante icónico: Aristóteles. El filósofo suele estar en boca de muchas personas que para, para afianzar sus argumentos, le citan una y otra vez. Con ello se incurre en una falacia de autoridad, pero sobre todo en lo que yo llamo falacia de antigüedad. Aristóteles, lo sé a ciencia cierta, ha escrito pasajes que deberían estar esculpidos en mármol. Y leerle es una delicia sencillamente porque te sientes transportado a otra época, porque puedes adentrarte en una mente marciana que vivió en otro mundo, porque puedes aprender cómo ha evolucionado el pensamiento desde entonces y mil motivos más.
Pero Aristóteles, a la luz de nuestros conocimientos, también incurría en unos errores garrafales, patinaba como un beodo de bar y sentenciaba como un estulto con birrete. Y para huir de todos esos manchones negros en su currículo hay que andar con buen ojo. Entonces, y sólo entonces, Aristóteles es una verdadera pérdida de tiempo (si definimos tal, insisto, como la adquisición de conocimientos objetivos que podamos aplicar a nuestros problemas cotidianos). En su día, por ejemplo, la repetición de sus opiniones por parte de los escolares provocó, por ejemplo, que durante siglos no se comprobaran sus afirmaciones.
Veamos algunos de ellos. El filósofo, como personaje atrapado en una conyuntura histórica y cultural, no dudaba en admitir el surgimiento de la vida mediante la generación espontánea. Como el hecho de que una ballena o un perro sugiera de la nada era un poco difícil de digerir, Aristóteles limitaba la generación espontánea a bichitos de poca monta, pequeños y de poca relevancia, procedentes del agua, la arena y el barro. El sol o el calor, entonces, infundían vida a moléculas que antes eran inanimadas.
“Todo cuerpo seco que se vuelva húmedo o cualquier cuerpo húmedo que se seque produce animales”, decía uno de los filósofos que hoy se cita a menudo como autoridad intelectual incuestionable. Podemos leer éstas y otras afirmaciones ridículas en sus tratados Historia de los animales y De la generación de los animales.
Artistóteles también decía que muchos insectos “proceden del rocío que cae sobre las hojas”. Muy poético, sin duda, aunque cualquier escolar podría ya replicar las afirmaciones de Aristóteles sin despinarse (si antes deja un rato la Playstation, se entiende).
Aristóteles aseguraba que nuestro cerebro no recibe sangre y es la parte más fría del cuerpo, destinada a refrigerar el resto. Quizá el cerebro de Aristóteles lo fuera. Que en el género humano, las ovejas, las cabras y los cerdos los machos tienen más dientes que las hembras. Que la sangre de la mujer es más oscura y espesa que la del varón. Que la mitad izquierda del cuerpo es más fría que la derecha.
Pero quizá las dos ideas de Aristóteles que perduraron durante más siglos enquistados en el conocimiento colectivo (abonado por la tradición y la religión) fueron que la Tierra era el centro del universo y que el vacío no existe.
Sobre la idea de que nuestro planeta pudiera desplazarse por el universo, Aristóteles se burlaba de los pensadores que ya habían valorado esta idea: “¡Qué ocurrencia! ¿Qué pasaría con los pájaros que vuelan si la Tierra se moviera?” Aristóteles era, por tanto, de los que creen que una mosca que vuela dentro del vagón de un tren debe desarrollar la misma velocidad del tren para no quedar hecha papilla contra la pared.
Aristóteles, señores, creía que los cuatro elementos básicos eran el agua, el aire, el fuego y la tierra, que el éter podría existir y que todas las cosas tienen un sitio idóneo en el cosmos y que si una piedra cae es porque se dirige a ocupar su lugar natural, que es el suelo.
En fin, quintales de bobadas que podríamos extraer de sus textos. Bobadas que no todo el mundo es capaz de desbrozar convenientemente. Bobadas que nos deben hacer recordar que los pensadores del pasado, por muy extraordinarios que hubieran sido en su época, hoy en día no deberían citarse con tanta alegría por el simple hecho de dar consistencia a lo que uno dice. A veces vale más la vena citar a la bruja Lola, aunque no quedes tan bien.
Y ahora a discutir. Pero antes: ¿proponéis lecturas antiguas que consideréis que vale la pena leer hoy en día?/Papel en Blanco/LIVDUCA
domingo, 22 de mayo de 2011
Veinte relatos del escritor Anthony Burgess, salen a la luz pública


Escritor, dramaturgo y músico inglés, Anthony Burgess es conocido principalmente por su novela La naranja mecánica (1962), obra que fue llevada al cine por Stanley Kubrick.
Burgess trabajó durante varios años en el sudeste asiático como profesor en la Royal Army, hasta que le fue detectada una enfermedad mortal. Decidido a que su obra literaria pudiera mantener a su mujer tras su muerte, Burgess dedicó cinco años a escribir de manera frenética. Sin embargo, el pronóstico no resultó mortal y Burgess escribió durante casi cuarenta años más.
La naranja mecánica obtuvo gran éxito tras la película de Kubrick, aunque su violencia y brutalidad -basadas en un hecho real de la vida de Burgess, generaron cierta polémica. Su uso de un lenguaje inventado para gran parte de la obra muestra la enorme capacidad del escritor para los idiomas, ya que hablaba malayo, japonés, alemán, italiano, entre otros.
Burgess escribió además numerosas críticas y ensayos literarios, compuso varias obras y piezas musicales y escribió obras de teatro.
Anthony Burgess murió en 1993.
El nombre de Anthony Burguess, es posible que a un gran porcentaje de lectores (o de interlocutores, dentro de una conversación), no les diga nada.. Pero si se menciona La naranja mecánica, se diría que más del 90% de los que escuchan o leen sabrán inmediatamente de qué se trata, y que las polémicas imágenes de la película de Kubrick salten de repente a su mente.
El tópico del sótano repleto de cajas llenas de escritos no publicados salta de nuevo a la palestra, y en el caso de Burgess, que si bien es conocido sobre todo por La naranja mecánica, que a su vez es conocida por la adaptación cinematográfica de Kubrick, fue un escritor (y músico) bastante prolífico, se han descubierto recientemente en dichas cajas hasta veinte relatos inéditos.Tras la muerte de su viuda, Liana, la Fundación Internacional Anthony Burgessheredó el contenido de tres casas donde había vivido la pareja, en Londres, Mónaco e Italia, y se ha dedicado durante los últimos cuatro años a revisar el material encontrado. Y no es poco material, entre este contenido hallamos unos cincuenta mil libros, y veinte mil fotografías, sinfonías, poemas y guiones de televisión y cine. Entre los guiones encontrados, algunos sin terminar, otros terminados pero rechazados por productoras y cadenas de televisión, hayproyectos sobre la vida de Atila el Huno o de Sigmund Freud, además de una obra de teatro sobre Houdini que creó con Orson Welles. Parece ser, además, que Burgess tenía la costumbre de escribir relatos, guardarlos y olvidarse de ellos; el infatigable artista publicó 33 novelas en vida, además de ser crítico, guionista y compositor. Entre los papeles encontrados también han aparecido sus primeras composiciones, el guión original deLa naranja mecánica (que Kubrick rechazó, prefiriendo escribirlo él mismo), una composición de ballet sobre la vida de Shakespeare y un musical sobre Trotsky. O por lo menos esto es lo que le aseguró Will Carr, director de la fundación, al periódico británico The Guardian, afirmando además que parte de esta producción se publicará el año que viene de manos de la propia fundación. Parece ser que han encontrado también el guión para una película sobre Napoleón que iba a ser dirigida también por Kubrick, y una de las composiciones descubiertas está ya en manos de la Orquesta Filarmónica de la BBC.
Y una vez más se nos viene a la cabeza esa eterna duda, la misma que preocupa a todos los herederos de un gran artista (o por lo menos a aquellos que tengan un mínimo de ética). ¿Es correcto compartir con el mundo material cuyo autor posiblemente habría rechazado? ¿Es lícito publicar relatos que a lo mejor el propio Burgess preferiría no haber escrito siquiera? Por otro lado, de no haber sido por la iniciativa de dichos herederos, no tendríamos a nuestra disposición algunos de los mejores escritos de la historia de la literatura. Tendremos que confiar en una fundación que, presuponemos, conoce lo bastante la figura y la obra de Burgess como para tomar esa decisión de manera consecuente./Lecturalia/LIVDUCA
domingo, 1 de mayo de 2011
Una biblia para ateos “The Good Book” (El Buen Libro)

El filósofo británico A. C. Grayling ha despertado el interés de los lectores del mundo anglosajón gracias a su publicación de una biblia para ateos. Se trata de una recopilación, en un formato muy similar al de la biblia tradicional, de citas de filósofos, historiadores, científicos y grandes pensadores en general de la historia de la humanidad. Aunque todas las citas provienen de personajes reales, en su biblia humanista Grayling no hace mención de sus fuentes, pero son reconocibles algunos de los dichos más populares de grandes como Isaac Newton, Sócrates o Darwin. Grayling pretende compensar de esta manera la ausencia, en su opinión, de un libro de referencia moral para los no creyentes. El autor, que se ha especializado siempre en aspectos éticos relacionados con la búsqueda de la felicidad por parte del hombre contemporáneo, define su obra como un compendio de la búsqueda de lo bueno, de lo que nos hace felices.
Lejos de criticarlo por ello, algunos sectores religiosos incluso lo han apoyado. Algunas voces seculares han apuntado la necesidad de historias diferentes para los no creyentes, que también buscan las cosas buenas de la vida. Grayling apunta a una visión sorprendentemente benévola del ser humano, asegurando que hay más bondad que maldad en el hombre, y que todos debemos estar abiertos a encontrarla, algo para lo que serviría este tomo de versículos de sabiduría histórica. Grayling desconfía de los intentos de constituir una religión humanista, con rituales y formas semejantes a las de las grandes religiones monoteístas, como ya intentó hacer Auguste Comte en su momento, pero insiste en las ventajas de tener un libro semejante en formato a la Biblia cristiana, debido a su composición de pequeños textos, que nos permiten abrir el libro en cualquier página y encontrar una frase sobre la que meditar. A ello ha dedicado este filósofo anglosajón treinta años de su vida.
Y Grayling no es un filósofo cualquiera. Profesor de filosofía de la Universidad de Londres, educado en Oxford, ha publicado más de veinte libros sobre filosofía. Ha sido columnista de The Guardian y The Times, dos de los periódicos anglosajones más importantes, además de ser locutor en varias emisoras de radio. Es editor de varias publicaciones académicas y en 2003 fue miembro del jurado del Premio Man Booker, y fue miembro del Foro Económico Mundial, parte del grupo de mediación entre Occidente y el mundo islámico. También es miembro de la Sociedad Real de Literatura y de la Sociedad Real de las Artes, y fue durante diez años el Secretario Honorífico de la Sociedad Aristotélica, la asociación filosófica más relevante del Reino Unido. En resumen, si alguien iba a construir una biblia para no creyentes, este autor tiene todos los credenciales necesarios. Es curioso que, tal vez para no distraer al lector en su reflexión, estos versículos ateos no incluyan referencia alguna al autor de cada cita, por lo que varios críticos han comentado que su lectura es imposible sin tener una pantalla de ordenador al lado, convenientemente aparcada en Google o algún buscador similar.
miércoles, 6 de abril de 2011
Cómo triunfa un libro

Historia de cómo triunfa un libro
¿Se puede decir que ‘Hamlet’ es una porquería sin parecer un ignorante?, algunos de vosotros me comentabais que si una obra ha alcanzado la inmortalidad es porque deberá tener cualidades inherentes indiscutibles.
Hay estupendos libros que explican los entresijos de cómo algo se acaba considerando universalmente bueno. Pero como no quiero aburriros (y tampoco dispongo de demasiado espacio), sencillamente os contaré una historia.
Voy a hablaros de un escritor ruso que hace tan sólo 5 años era un don nadie. Su nombre es Keko Vid, y era un novelista prácticamente desconocido y sin ninguna obra publicada. Durante años estuvo escribiendo laboriosamente ocho historias que eran disquiciones filosóficas acerca de las ocho formas más recurrentes en la naturaleza; un libro por forma que, intersectados como muñecas rusas, dibujaban la forma octaédrica de los cristales naturales, una octava de una armonía pitagórica, una Tabla Periódica de ocho elementos.
Las historias no eran fáciles de leer, transcribía los diálogos extranjeros en la lengua original, con la traducción a modo de subtítulos. Algunas páginas tenían mil letras y otras, sólo una o dos. Había momentos consagrados a la escatología, otros a la filosofía alemana más hermética. Mezclaba el humor más bizarre con el drama más lacrimógeno.
Todos los editores, obviamente, desdeñaron aquellos manuscritos. Recibió innumerables cartas de rechazo, incluso algunas muy alentadoras que confiaban en su potencial, siempre y cuando intentara escribir algo más accesible para el gran público, y sobre todo, sin mezclar idiomas. A veces le formulaban preguntas que Keko Vid nunca se había planteado respecto a su iconoclasta obra. ¿Es ficción o no ficción? ¿A qué tipo de público está dirigida? ¿Son memorias? Keko Vid no tenía la menor idea. Un editor, viéndole tan ingenuo, incluso le recomendó en un correo electrónico que reflexionara sobre lo siguiente: “los aficionados escriben para sí mismos, los profesionales lo hacen para los demás”.
Keko Vid quería publicar su obra y que los demás la leyeran, pero lo que no podía plantearse siquiera era escribir algo que los demás quisieran, necesitaran o pudieran digerir. Esas preguntas, sostenía utópicamente, no deberían interferir en su labor literaria. No creía conveniente que su obra tuviera que adscribirse a un género concreto para que los libreros supieran situarle en una demarcación concreta de la librería. Sus amigos y familiares, viendo que no cejaba en su empeño, le recomendaron que se autoeditara; después de todo, si lograba salir al mercado con alguna editorial suicida, no vendería más de mil o dos mil ejemplares, lo justo para cubrir la tirada.
Pero Keko Vid no quería autoeditarse porque en realidad no soñaba con ver sus ocho historias en forma de libros, sólo quería publicar porque quería sentir la experiencia de comunicarse con una gran cantidad de lectores desconocidos y esperar sus reacciones. Únicamente las reacciones de los lectores, pues la crítica no le importaba demasiado.
Había acudido a diversos talleres de escritura y no había entendido qué enseñaban en realidad allí: escribir bien parecía ser sinónimo de seguir unas reglas arbitrarias que se daban por intocables. Todos sus compañeros intentaban imitar obras que habían triunfado, sobre todo si habían triunfado frente a la crítica, aunque no vendieran demasiado. Él no pretendía eso. El profesor del taller, entonces, le dijo una frase que mucha gente repite, aunque Keko Vid creía que en realidad nadie había meditado de verdad sobre su significado: “para escribir rompiendo las reglas primero debes conocer las reglas”. A Keko Vid sólo le parecía una frase hecha, como tantas otras que pueblan el acervo cultural y que los loros mediáticos repiten hasta la saciedad. ¿Por qué para hacer lo que quieras primero debes hacer lo que no quieres o lo que quieren los demás? Keko Vid no entendía la razón ni le importaba.
Finalmente, aprovechándose de las nuevas tecnologías, Keko Vid colgó en Internet toda su obra, los ocho volúmenes, bajo una licencia Creative Commons. La mayoría de obras gratuitas y sin existencia física no gozan de demasiada popularidad porque la gente considera que ser aceptado por una editorial es como superar una criba. Keko Vid descubrió que ser aceptado por la editorial sólo consistía en bajarse los pantalones y dejarse dar por el culo.
Todo y así, su obra encontró en Internet un pequeño nicho de aficionados. El propietario de una pequeña editorial, que se consideraba a sí mismo muy moderno y visionario, y que solía editar volúmenes raros simplemente para llevarse a la cama a chicas raras dispuestas a cumplir todos sus deseos en la cama, se percató del pequeño éxito de esos ocho volúmenes contestatarios. Le propuso a Keko Vid un contrato de edición, aceptando su condición sine qua non: no cambiar ni una sola letra de su obra. Keko Vid aceptó, pues no tenía nada que perder.
Por una desconocida sinergia que los expertos en marketing llaman “bola de nieve” y “recursividad memética” (aunque en el fondo no tienen ni idea de cómo se produce el fenómeno), la obra de Keko Vida se convirtió en uno de los más extraños éxitos de la literatura. En pocos años, el raro, testarudo y aburridísimo Keko Vid, sin target, sin saber si era ficción o no lo que escribía, sin concesiones al lector o a la crítica… pasó a ser el perseverante, el luchador, el independiente, el original y rompedor Keko Vid. Se vendieron millones de ejemplares y recibió toda clase de elogios de la crítica más refinada.
Incluso su forma de escribir inició una corriente literaria de nombre bastante extraño que empezó a estudiarse en muchas universidades y talleres literarios, donde los avezados aspirantes a escritor intentaban imitar sus historias. Ahora muchos teóricos dicen que a los lectores no hay que consentirles sus caprichos, y que uno debe escribir lo que brote de su inspiración desatada, sin corsés ni lógicas ni reglas que deben seguirse para luego subvertir. Las editoriales que antaño le habían rechazado, ahora querían volver a editar su obra en una mayor tirada y más cuidada edición. Incluso le propusieron un contrato por obras que aún ni siquiera había escrito.
Muchos estudiosos, en la actualidad, consideran que una figura como Keko Vid era un icono imprescindible para el avance de la historia del arte. Creen que su estilo ha sido influenciado por dos o tres autores universales que, curiosamente, Keko Vid nunca ha leído. A posteriori, todo el mundo parecía comprender que el éxito y el talento de Keko Vid eran obvios. Era algo que tenía que pasar, algo que el mundo necesitaba. Sin embargo, a priori ningún editor se había percatado de todos esos méritos que ahora se decía que Keko Vid poseía.
Ahora Keko Vid hace lo que quiere. Y la gente aplaude.
Por cierto, no busquéis Keko Vid en el Google. La historia de Keko Vid es ficticia (y está inspirada en la teoría de la improbabilidad de El Cisne Negro, de Nassim Nicholas Taleb), pero lo es en lo sustancial, como uno descubrirá a poco que investigue los entresijos de la formación de las corrientes artísticas y los fundamentos neurobiológicos de la belleza./Por: Sergio Parra/LIVDUCA
