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miércoles, 3 de agosto de 2011

Lectura de autores antiguos ¿pérdida de tiempo?






Obviamente, primero hay que definir lo que significa “perder el tiempo”. En la literatura, supongo que tal concepto es imposible de definir. Cada uno disfruta de lo que quiere, bucea en los autores que considera y saca frutos según el bagaje que le acompañe en sus lecturas. No hay mucho más que discutir.

Sin embargo, la cosa cambia si hablamos de libros de no ficción: filosofía, divulgación, historia, política, psicología, etc. Entonces sí que podemos afirmar con cierto grado de seguridad que determinadas lecturas son perder el tiempo (si consideramos perder el tiempo obtener conocimientos útiles y no simples elucubraciones sin sentido o datos obsoletos o erróneos). Entonces, estar muerto hace muchos años ya no es garantía de sabiduría. No digo que un pensador antediluviano pueda dar en el clavo o consiga enfocar determinado problema con una brillantez que jamás se alcanzará posteriormente: lo que digo es que tener antigüedad no es garantía de ello.

Más bien es un handicap.

Si leemos, por ejemplo, a un pensador de hace seis siglos a fin de aplicar sus lucubraciones a los problemas que nos atañen, estaremos obligados a desbrozar ideas muertas y ello precisa de un trabajo cognitivo superior que si leemos a un pensador contemporáneo, cuyas ideas sintonizan mejor con los nuevos conocimientos (hablo, por supuesto, en general: seguro que hay pensadores contemporáneos que sólo tienen ideas muertas).

Busquemos un ejemplo bastante icónico: Aristóteles. El filósofo suele estar en boca de muchas personas que para, para afianzar sus argumentos, le citan una y otra vez. Con ello se incurre en una falacia de autoridad, pero sobre todo en lo que yo llamo falacia de antigüedad. Aristóteles, lo sé a ciencia cierta, ha escrito pasajes que deberían estar esculpidos en mármol. Y leerle es una delicia sencillamente porque te sientes transportado a otra época, porque puedes adentrarte en una mente marciana que vivió en otro mundo, porque puedes aprender cómo ha evolucionado el pensamiento desde entonces y mil motivos más.

Pero Aristóteles, a la luz de nuestros conocimientos, también incurría en unos errores garrafales, patinaba como un beodo de bar y sentenciaba como un estulto con birrete. Y para huir de todos esos manchones negros en su currículo hay que andar con buen ojo. Entonces, y sólo entonces, Aristóteles es una verdadera pérdida de tiempo (si definimos tal, insisto, como la adquisición de conocimientos objetivos que podamos aplicar a nuestros problemas cotidianos). En su día, por ejemplo, la repetición de sus opiniones por parte de los escolares provocó, por ejemplo, que durante siglos no se comprobaran sus afirmaciones.

Veamos algunos de ellos. El filósofo, como personaje atrapado en una conyuntura histórica y cultural, no dudaba en admitir el surgimiento de la vida mediante la generación espontánea. Como el hecho de que una ballena o un perro sugiera de la nada era un poco difícil de digerir, Aristóteles limitaba la generación espontánea a bichitos de poca monta, pequeños y de poca relevancia, procedentes del agua, la arena y el barro. El sol o el calor, entonces, infundían vida a moléculas que antes eran inanimadas.

“Todo cuerpo seco que se vuelva húmedo o cualquier cuerpo húmedo que se seque produce animales”, decía uno de los filósofos que hoy se cita a menudo como autoridad intelectual incuestionable. Podemos leer éstas y otras afirmaciones ridículas en sus tratados Historia de los animales y De la generación de los animales.

Artistóteles también decía que muchos insectos “proceden del rocío que cae sobre las hojas”. Muy poético, sin duda, aunque cualquier escolar podría ya replicar las afirmaciones de Aristóteles sin despinarse (si antes deja un rato la Playstation, se entiende).

Aristóteles aseguraba que nuestro cerebro no recibe sangre y es la parte más fría del cuerpo, destinada a refrigerar el resto. Quizá el cerebro de Aristóteles lo fuera. Que en el género humano, las ovejas, las cabras y los cerdos los machos tienen más dientes que las hembras. Que la sangre de la mujer es más oscura y espesa que la del varón. Que la mitad izquierda del cuerpo es más fría que la derecha.

Pero quizá las dos ideas de Aristóteles que perduraron durante más siglos enquistados en el conocimiento colectivo (abonado por la tradición y la religión) fueron que la Tierra era el centro del universo y que el vacío no existe.

Sobre la idea de que nuestro planeta pudiera desplazarse por el universo, Aristóteles se burlaba de los pensadores que ya habían valorado esta idea: “¡Qué ocurrencia! ¿Qué pasaría con los pájaros que vuelan si la Tierra se moviera?” Aristóteles era, por tanto, de los que creen que una mosca que vuela dentro del vagón de un tren debe desarrollar la misma velocidad del tren para no quedar hecha papilla contra la pared.

Aristóteles, señores, creía que los cuatro elementos básicos eran el agua, el aire, el fuego y la tierra, que el éter podría existir y que todas las cosas tienen un sitio idóneo en el cosmos y que si una piedra cae es porque se dirige a ocupar su lugar natural, que es el suelo.

En fin, quintales de bobadas que podríamos extraer de sus textos. Bobadas que no todo el mundo es capaz de desbrozar convenientemente. Bobadas que nos deben hacer recordar que los pensadores del pasado, por muy extraordinarios que hubieran sido en su época, hoy en día no deberían citarse con tanta alegría por el simple hecho de dar consistencia a lo que uno dice. A veces vale más la vena citar a la bruja Lola, aunque no quedes tan bien.

Y ahora a discutir. Pero antes: ¿proponéis lecturas antiguas que consideréis que vale la pena leer hoy en día?/Papel en Blanco/LIVDUCA

miércoles, 16 de febrero de 2011

Después de cien años, se publica libro del escritor norteamericano Mark Twain, alcanzando ventas extraordinarias



Mark Twain, más vivo que nunca cien años después de su muerte

El autor de 'Las aventuras de Huckleberry Finn' impuso un embargo de un siglo a su autobiografía, que aparece ahora

El escritor estadounidense Mark Twain sabía cómo vender un libro y vuelve a demostrarlo cien años después de su muerte con la publicación del primer volumen de su autobiografía, que se ha convertido en un bombazo editorial.

El sello de la Universidad de California, encargado de editar el libro que salió a la venta el 15 de noviembre de 2010 y que sacará otros dos volúmenes autobiográficos de Twain en los próximos años, planeó inicialmente una tirada de 7.500 ejemplares.

Luego de su debut, la obra va ya por su sexta edición, con 275.000 ejemplares en el mercado y demanda para muchos más.

"La verdad es que nos ha sorprendido el interés popular en el libro", dijo Robert Hirst, responsable del equipo de la Universidad de Berkeley en California que custodia los documentos autobiográficos de Twain y que trabajó durante seis años en el primer volumen.

"Esperamos que además de comprarlo lo lean", bromeó Hirst sobre el volumen de más de 700 páginas, que aparecIÓ en el puesto número siete de la lista de super-ventas de no ficción de "The New York Times".

Autor de novelas memorables como "Las aventuras de Huckleberry Finn" (1885), considerada por numerosos críticos como la primera novela de la literatura moderna de EEUU, y famoso por su punzante sentido del humor, Twain impuso un embargo de un siglo a su autobiografía.

"Un libro que no se publica durante un siglo da al escritor una libertad que no podría tener de ninguna otra manera", explicó en una entrevista con el diario británico "London Times" en mayo de 1899.

Twain no quería que sus confesiones hiriesen los sentimientos de ninguno de sus coetáneos y menos aún los de sus posibles descendientes.

Pero a parte de esos motivos, Hirst cree que pudieron existir otros: "Podría ser parte de su plan de marketing", dijo el experto, quien recuerda que antes de acabar su autobiografía Twain publicó pequeñas selecciones en "North American Review", la primera revista literaria del país, fundada en Boston en 1815.

"Y por supuesto cada una de esas selecciones iba precedida de un mensaje que alertaba que se trataba de un extracto y que el texto completo no se podría leer hasta dentro de cien años", añadió Hirst, quien asegura que si hay algo que Twain sabía hacer bien era "vender un libro".

El manuscrito autobiográfico de Twain ronda las 5.000 páginas, aunque muchas están duplicadas y el material utilizable para publicación ronda las 2.500 páginas, con una media de 300 palabras cada una.

Maestro de la observación y del lenguaje, Twain dictó la mayor parte del contenido de su autobiografía desde la cama a una de sus secretarias, Miss Hobby, cuatro años antes de su muerte, en 1910, a los 74 años.

"Espero que esta autobiografía sea admirada muchos siglos después de mi muerte por su forma y método", afirmó el escritor en marzo de 1906, cuyo método consistía en dar rienda suelta a lo que le iba viniendo a la mente.

"Deambular libremente por toda la vida, hablar sólo de las cosas que te interesan y dejar de hablar de ellas en el momento en el que su interés palidezca", dijo Twain de su método autobiográfico, que lo llevaba a veces a levantarse de la cama haciendo aspavientos, mientras la taquígrafa tomaba nota de sus palabras.

Laura Trombley, historiadora y autora de un libro sobre los últimos y difíciles años de Twain, que vio morir a su hija pequeña, Jean Clemens, cuatro meses antes que él, dice que el escritor sabía cómo mantener el interés de los lectores.

Dura crítica de Twain, a quien describe como "narcisista, extremadamente ambicioso y muy vengativo", Trombley reconoce su talento: "El que cien años después de su muerte sigamos hablando de él es la mejor prueba de ello", explicó la historiadora a Efe.

El volumen autobiográfico es más político que el resto de obras de Twain y mezcla arrebatos de sinceridad, con otros de humor y muchos recuerdos de su infancia, que ejercieron una gran influencia en libros como "Huckleberry Finn".EFE/LIVDUCA