lunes, 14 de agosto de 2017

Inseguridades de los grandes y pequeños escritores: La prosa sudorosa

Todos, absolutamente todos los escritores han dudado alguna vez acerca de sus propios escritos. Embargados por la incertidumbre, se han derrumbado ante el no saber si tal o cual frase, éste o aquel verso sobra. Si está lo suficientemente claro o si el mensaje podrá ser captado Y lo que es peor ¿gustara?
Claro está que una vez superado el espanto, pueden escribir hasta con los ojos cerrados, su estilo puede volverse inconfundible.
La prosa sencilla se ve como algo escolar, amateur, porque transmite la sensación de que el texto no ha costado esfuerzo.
 Sin embargo, no faltan los que insuflados por el repentino éxito se toman la licencia de escribir cualquier cosa ya que, cual rey Midas, todo lo que toca se convierte en oro. El éxito puede ser tan avasallador que se convierten en verdaderas máquinas de producir textos. Ése el el momento en que el escritor se deshumaniza y aquella prosa sudorosa se extingue en su propia tinta. Ivette Durán Calderón


Al respecto, David Dudda, periodista español, nos ofrece este magnífico artículo:
En una conversación con Fernando Aramburu en la revista El Cultural, Fernando Savater cuenta que fue al Museo Romántico de Madrid y vio algunos manuscritos de Bécquer. Savater admiraba la claridad y simpleza del poeta, pero vio que los textos expuestos estaban llenos de “tachaduras, rectificaciones, arrepentimientos, añadidos… ¡Cuánto esfuerzo le había costado llegar a la definitiva sencillez! Y, sobre todo, cuánto le costó que el distraído lector nunca notase olor a sudor, a gimnasio, en sus páginas.”
La prosa sencilla se ve como algo escolar, amateur, porque transmite la sensación de que el texto no ha costado esfuerzo. A Savater sus alumnos le decían “‘A ti se te entiende todo’, pero con un poco de reproche. Admiraban a los que entendían solo a medias, porque les resultaban más profundos.” Tengo un amigo que una vez, para no escribir la expresión “vender la moto”, que suena muy simple, escribió “saldar la motocicleta”. En vez de “convertirse”, pon mejor “tornarse”, que queda más literario. En vez de “es”, di “no es sino”. Mejor “antaño” (u “otrora”) que pasado.
La buena escritura es, según esta lógica, cuanto más palabras mejor, y cuanto más cerca de una carta de amor perfumada del siglo XIX, más respetable. Buscar el sinónimo más enrevesado para no caer en el cliché acaba siendo aún más cliché. A veces, como en el periodismo deportivo, parece mostrar un complejo de inferioridad frente a otros géneros periodísticos: si decimos “cancerbero” en vez de “portero” quizá nos tengan más respeto.
George Packer escribe en un texto sobre George Orwell en Letras Libres que “las palabras no deberían llamar la atención sobre sí mismas, deberían llevar al lector directamente a la realidad.” Esto no significa que en la sencillez y en la prosa clara no pueda haber un intento estético, o una búsqueda de la belleza. En “Por qué escribo” Orwell afirma que uno de sus motivos es el “Entusiasmo estético”: “La percepción de la belleza en el mundo exterior o, si se quiere, en las palabras y en su adecuada disposición. El placer ante el impacto de un sonido u otro, ante la firmeza de una buena prosa, ante el ritmo de un buen relato [las cursivas son mías].”
He escrito pocas cartas de amor. Pessoa decía que es más ridículo no haber escrito nunca una carta de amor que haberlo hecho. La que mejor me salió no la llegué a enviar. Era muy lacónica, con frases muy cortas, tenía ritmo y una buena estructura. Me basé en una columna de Félix Romeo en la que admitía que estaba enamorado. En ese texto, escrito en San Valentín, critica que “el amor nos sigue produciendo un tremendo pudor”. Escribe con naturalidad y palabras sencillas de algo tan común como el amor: “Estoy enamorado, sí. Y no me avergüenza decirlo, ni siquiera en San Valentín.” Su laconismo resulta tierno, casi ingenuo. No envié la carta porque me dio vergüenza enviar una carta de amor con una prosa tan fría. También me daba algo de pudor: no podía esconderme tras palabras enrevesadas. Quizá tampoco me creía del todo lo que decía en ella. Y me imaginaba una respuesta como “vaya, pero dime algo bonito”. Pero si le añadía metáforas, palabras cursis o arabescos, más que una carta de amor perfumada me parecía estar enviando una carta con olor a sudor.(Fuente: Letras Libres)
http://www.letraslibres.com/espana-mexico/literatura/la-prosa-sudorosa

lunes, 24 de abril de 2017

Libros que matan

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Los libros más curiosos de la historia, se encuentran en la Biblioteca de Michigan.  Hoy nos referiremos a cuatro de los que son considerados letales.
El primero de ellos por ser fuente directa de inspiración para cometer atroces crímenes, hecho que ha sido corroborado con la confesión de un sicópata asesino. El libro en cuestión es El Coleccionista de Jhon Fowles, cuya trama desarrolla la historia de un psicópata quien decide secuestrar a una joven solo por el placer de hacerlo, secuestrada la mujer es escondida en una alejada cabaña en medio del bosque para poder  realizar con ella experimentos  de tortura y vejámenes con el fin de añadirla a una extraña colección de libros que poseía. El peligro de esta obra literaria se manifiesta cuando llega al lector equivocado, tal es el caso de homicidas.

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El Necromicón ocupa un sitio en la citada biblioteca , porque fue ideado por el famoso maestro estadounidense de la ciencia ficción H.H. Lovecraft, alrededor del año 1700, contienen sus páginas infinidad de invocaciones demoníacas, ritos satánicos e instrucciones malignas, los cuales —según opinión de expertos—,  pueden llegar a ser poderosos en manos equivocadas. Se dice que podría influir en la destrucción de la humanidad. El nombre de este libro “mágico” fue mencionado por primera vez  en el año 1921 en el cuento The hound (El sabueso). Se cree que su autor fue el árabe Abdul Alhazred reconocido como “el árabe loco”.

Finalmente tenemos a dos casos muy particulares, el libro Sombras de los Muros de la Muerte de (Shadows from the Walls of Death ) escrito en 1874 y cuyo autor es el galeno estadounidense Robert Kedzie  y el segundo, fue elaborado por un estudiante que investigó acerca de los efectos negativos del arsénico en los seres humanos.


papel tapiz

El estudiante en cuestión se basó en el papel tapiz para decorar casas  considerado el causante de que varias personas enfermaran y hasta murieran. Para confirmar su teoría recolectó muestras del papel tapiz que se creía contaminado, con ellas armó un libro bellos por los diseños del tapiz, pero mortal al contacto con las personas El libro se encuentra bajo llave y sus páginas debidamente  en capsuladas.

Con relación al  médico Kedzie, cuando se le preguntó por qué había escrito  y armado un libro mortal, la respuesta fue: “para salvar vidas”
La respuesta de suyo, tan contradictoria amerita que conozcamos parte de esa peculiar historia:

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A mediados del siglo XIX el papel pintado era muy popular en los hogares de toda Norteamérica. , Kedzie, trabajaba para dentro del sistema de sanidad y un buen día se percató del grave problema de salud a su alrededor del que poca gente era consciente. Y es que en esa época uno de los ingredientes para preparar y conseguir un buen secado de la pintura para destacar su  peculiar color verde, no era otro que el arsénico.

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Ese veneno que se va acumulando en el organismo de manera progresiva,  no es otro que el arsénico, es así que aunque no hubiera grandes cantidades de esa sustancia en el papel pintado, lo cierto es que con los años se va convirtiendo en la principal causa de graves problemas de salud, con posibilidad de muerte. Tres gramos son suficientes bastan para matar a una persona,  Kedzie lo sabía y por ello inició una campaña para alertar del uso industrial del arsénico, no tuvo mucho éxito por lo que se dio cuenta que necesitaba un golpe de efecto.




Nació entonces Shadows from the Walls of Death. Recorrió todas las casas que pudo donde sabía que tenían papel pintado tóxico y logró conseguir varias muestras, las cuales cortadas en tamaños homogéneos fueron encuadernadas y presentadas como libros, fueron cien ejemplares que quedaron vistosos y hasta bellos. Personalmente los distribuyó y las llevó a las librerías de la ciudad, anunciando su toxicidad en cada uno de ellos con la siguiente cita bíblica:

Y examinará la plaga; y si se vieren manchas en las paredes de la casa, manchas verdosas o rojizas, las cuales parecieren más profundas que la superficie de la pared, el sacerdote saldrá de la casa a la puerta de ella, y cerrará la casa por siete días. Y al séptimo día volverá el sacerdote, y la examinará; y si la plaga se hubiere extendido en las paredes de la casa, entonces mandará el sacerdote, y arrancarán las piedras en que estuviere la plaga, y las echarán fuera de la ciudad en lugar inmundo.

El médico fue más allá, pues se encargó de publicar un falso comunicado diciendo que una mujer se había envenenado al hojear uno de sus libros Fue parte de su genial  campaña de concienciación sobre el uso del arsénico. Los resultados paulatinamente fueron evidentes, pues se fue abandonando el uso de este veneno en productos de uso diario.

Existen dos ejemplares de este libro,  cuyas ochenta y seis páginas no contienen palabra alguna, excepto la cita bíblica. Se asemeja a un catálogo de papel tapiz. 

domingo, 26 de marzo de 2017

El ego del escritor



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El ego del escritor es una de las mayores debilidades que afectan a un escritor en su trabajo. Es un arma de doble filo con que el más de una vez se corta.
El ego del escritor puede llevarle a creerse más que los demás, a sentirse superior, a creerse especial. Tal vez se deba en parte a que el escritor aborda una empresa multidisciplinar, compartiendo destrezas con psicólogos, con burst-your-ego-bubble-600x320sociólogos y con otras muchas profesiones que le serán, no ya útiles, sino hasta imprescindibles en el desarrollo de sus proyectos. Puede que ahí radique la distorsión de la lente con la que ve su propio ego, en que siendo solo en una pequeña parte profesional de todas y cada una de esas disciplinas, el escritor ya se ve con el doctorado de cada una de ellas en la mano y aclamado por un público académico de primera línea.
El éxito de una obra inyecta tanto aire en el ego del escritor, que éste suele pasar a una nueva dimensión, y no hablo en el sentido estrictamente físico, sino en el sentido sicológico de, efectivamente, llegar a creerse alguien superior solo por haber parido una obra de masas que, por lo general, entienden mucho más de éxitos comerciales que de literatura. Siendo el primer entendimiento producto de la conjunción de una buena campaña de márketing y de una inmejorable penetración en un mercado muy permeable y estabulado, lo que le otorga al “lector” muy poca capacidad de discernimiento sobre lo que es literatura y lo que no, o de participación consciente en el encumbramiento de un autor y su ego.
Son centenares de escritores que por cuestiones de ego, son intolerables y hostiles hacia la sociedad y su propio caretasentorno; quedando muchos de ellos, no se sabe muy bien por qué, en aras de la misantropía. ¿Desde dónde se origina entonces tanta repulsión? Desde el propio ego. Desde la misma trinchera donde el escritor percibe el fondo y la forma de las cosas. No solamente es un ego inquieto, sino también nefasto para sí mismo; precisamente cuando el propio escritor va quedando eslavizado por sus pensamientos y conjeturas. Es como si se pusiera a sí mismo un estigma del que no puede desprenderse. Porque a veces el origen de un conflicto no es por una cuestión de conducta, sino de comportamiento. Y en ese sentido el ego es un arma de doble filo. Las razones por las que un escritor es tan aberrante, vanidoso, carente de escrúpulos, prepotente, chulesco, irreverente, ingrato, narcisista, envidioso, burlón e inaguantable, muchas veces se origina en su propio ego. En definitiva, la egolatría hace de muchos literatos enemigos de sí mismos. Al igual que, tu peor enemigo, tiene tu mismo nombre y apellidos. Y quizás no te hayas dado cuenta.(Publicado el 23 enero, 2017 por )


Los 10 escritores imprescindibles de la literatura rusa


Galería

La literatura rusa, aunque para muchos represente una forma árida, lenta y dura de escritura, nos ha dejado a lo largo de la historia muchísimas perlas que todo buen lector de exquisito paladar debe conocer. Los grandes iconos del Siglo de Oro de la literatura rusa los encontraremos fundamentalmente a lo largo del siglo XIX, y la herencia de estos durante el XX, con la época conocida como la Edad de Plata, para finalmente entrar en decadencia en la época post sovietíca.
Estos son los diez escritores rusos que no debes dejar de leer:
Aleksandr Pushkin, poeta de genio universal que revolucionó la lengua rusa rompiendo con la tradición del XVIII. Fuente de la que bebieron todos los literatos rusos desde entonces, su principal obra es Eugenio Onegin.
Gogol escribiría la considerada por muchos como la primra novela rusa moderna, Almas muertas, su obra más conocida. Sin embargo, particularmente recomiendo de entre sus obras Taras Bulba.
Dostoyevski es considerado como uno de los mejores y más influyentes escritores de la historia, al lado de Homero, Dante, Shakespeare o Cervantes. Sin duda Crimen y castigo es un imprescindible de la literatura universal, aunque también son notables El idiotaNoches blancas o Niétochka Nezvánova.
León Tolstói, actualmente conocido como Lev Tolstói, es otro de los grandes literatos rusos. Es uno de los mayores representantes del realismo ruso, e intentó reflejar fielmente la sociedad en la que vivía a través de sus libros. Sus más famosas obras son Guerra y Paz y Anna Karénina.
Antón Chéjov, médico, escritor y dramaturgo ruso, se encuadra en la corriente naturalista, y fue maestro del relato corto. Diría en una ocasión “La medicina es mi esposa legal; la literatura, sólo mi amante”. Además de un gran número de relatos cortos, se considera su gran obra a cuatro de sus obras de teatro; La gaviotaTío VaniaLas tres hermanas y El jardín de los cerezos.
Gorki será un escritor muy identificado con el movimiento revolucionario soviético. Pilar de la revolución rusa desde sus orígenes, será unos de los escritores oficiales del régimen. La madre será sin duda su obra clave.
Pasternak, poeta y novelista ruso, fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1958. Pasternak es conocido sobre todo por su monumental novela trágica, aunque también destacó enormemente por su poesía. En contraposición con el anterior literato, Pasternak fue siempre muy crítico con el régimen, lo que le llevo a estar perseguido hasta el día de su muerte. Sin duda alguna, su obra maestra, y clásico de la literatura universal es Doctor Zhivago.
Vladímir Nabókov, a pesar de escribir originariamente en ruso, termino escribiendo directamente en ingles, e incluso nacionalizado estadounidense. Su obra más famosa, Lolita, fue escrita en ese idioma. Es conocido también por sus significativas contribuciones al estudio de los lepidópteros (estuvo a cargo de la colección de mariposas de la universidad de Harvard) y por su creación de problemas de ajedrez.
Shólojov, que además de literato fue político y miembro importante del Partido Comunista Soviético, ganó en 1965 el Premio Nobel de Literatura, y sus obras han sido traducidas a más de 30 idiomas. Destacan entre sus obras El Don apacible y Tierras roturadas.
Solzhenitsyn, otro Premio Nobel de Literatura ruso, en este caso en el 70. Fue condenado a ocho años de trabajos forzados y a destierro perpetuo por opiniones antiestalinistas que había escrito a un amigo. Lo encerraron en la Lubyanka y los primeros años de su cautiverio los pasó en varios campos de trabajo, experiencia que marcaría de un modo definitivo su obra maestra, Archipiélago Gulag.(Publicado el 23 marzo, 2017 por )

El misterio de los clásicos imperecederos – ´¡Honor a las buenas lecturas!

A lo largo del tiempo una de las cosas que se mantiene son las buenas lecturas. Esas obras escritas hace cientos de años y que todavía al día de hoy llenan las bibliotecas y cautivan a miles de lectores de todas las edades.
Pero ¿qué es lo que tienen las obras clásicas que las hace permanecer indelebles al paso del tiempo? ¿Por qué ciertas historias continúan siendo leídas con la misma intensidad hoy en día que hace siglos? Pueden existir muchas respuestas para estas preguntas y en este breve artículo intentaré explayarme sobren algunas de ellas.
Fundamentos de una obra clásica
Para que una obra sea clásica debe reunir ciertas características, como trascender en el tiempo, llevar un mensaje que pueda afectar a diferentes culturas de las que provenga y contener una historia fundamental que pueda servir para plasmar la esencia de una sociedad entera, de un grupo selecto o de alguien que vive inmerso en una vida social característica.
Entre las lecturas clásicas que más destacan se encuentran los escritores de la antigüedad, cuyos nombres fundamentales son Dostoyevski, Tolstói, Proust y Flaubert, entre otros. ¿Por qué aún al día de hoy estos escritores son leídos? Principalmente porque supieron escribir acerca de su tiempo, de los conflictos sociales del siglo en que habitaron y plasmar en una historia las contradicciones yacentes en su entorno social. De todas formas no es esta la única razón por la cual al día de hoy continuamos leyéndolos, además lo hacemos porque sus pensamientos pueden ser tan válidos en nuestro tiempo como lo fueron en el suyo y porque sus obras iluminan nuestra realidad social y política, muchos siglos después de haber sido escritas.
En este punto desearía detenerme y decir que considero que es ahí donde reside el verdadero secreto de las obras clásicas, de su permanencia a lo largo del tiempo, en la capacidad de permanecer inherentes al paso del tiempo, de ser siempre actuales, aunque su estilo literario ya se encuentre en desuso y ciertas cuestiones ya hayan caducado.
¿Qué tienen en común Don Quijote, Robin Hood y Tom Sayer?
Don Quijote, ese personaje loco, descarriado y tan entrañable continúa estando en nuestras librerías, poblando nuestras bibliotecas gracias a su esencia. Porque con él Cervantes consiguió pintar el alma de los artistas, bohemios, soñadores y capaces de darlo todo por un sueño.
En este personaje muchos podemos sentirnos identificados, hemos sido capaces de acercarnos a La Mancha y deseado conocerla y pisarla, así como también nos hemos sabido acercar a lo profundo de las cosas, intentando encontrar el sentido de lo verdadero, que lejos está de lo que el mundo propone. Don Quijote permanece porque su locura es el ingrediente que lo vuelve clásico y que permite que continúe vivo varios siglos después.
Robin Hood es otro personaje antiguo que continúa siendo relevante hoy en día. Su pasión por la justicia considero que es el elemento que lo ha vuelto famoso y que le permite continuar en su mejor auge. Un hombre capaz de dejarlo todo en pos de la lucha por la igualdad, por el reinado del bien sobre el mal y la corrupción de los políticos. Sin lugar a dudas, gracias a esa característica, de luchador desinteresado por el bien común, continuamos hablando de él, y leyendo acerca de sus historias.
Continuando con la lista podemos nombrar a Tom Sawyer, un chico huérfano que vive un sin fin de aventuras, que lo llevan a meterse en líos gordos, pero pese a ello logra salir siempre ileso… Aquí me detengo, porque ¿qué es lo que hace especial a este personaje? ¿Qué tenía este niñito de Mark Twain que le ayudó a convertirse en un clásico de la mayoría de los idiomas? La inocencia escondida detrás de la maldad y la travesía, y esa capacidad de “querer comerse el mundo y no parar hasta conseguirlo”. Todo esto lo vuelven único, entrañable y hace que todos queramos leerlo. Además, en esta obra, Twain logra caracterizar muy bien la sociedad burguesa enfrentada con la clase baja de ese entonces y este libro sirve mucho para entender la estructura social de esa región de Estados Unidos.
Estas son sólo tres de las infinitas obras consideradas clásicas, tan sólo las he querido nombrar para describir los tres elementos fundamentales que deben contener las obras clásicas para permanecer, para convertirse en obras maestras: una cuota de demencia o irracionalidad, una fuerte convicción y empeño por conseguir un cambio social, e inocencia para llegar a cautivar al lector.
Los clásicos y las ideas renovadas
Por otro lado, cabe mencionar que la mayoría de las historias clásicas, que son consideradas obras magnas, no hablan de patriotismo y de otros ismos; al revés, intentan mostrar una visión más amplia del mundo y de la vida, llegar a plantear ideas sumamente renovadoras para cualquier tiempo, donde la libertad, el bien común y la tolerancia son las principales protagonistas. Es aquí donde me atrevo a afirmar que ninguna obra clásica pudo ser considerada una buena obra en su época, puesto que los seres humanos no sabemos apreciar lo verdadero en su justo momento, sino cuando ya ha ocurrido.
Es interesante quedarnos con este aspecto de las obras que han trascendido a los tiempos, para descubrir definitivamente que los grandes pensadores, los escritores apasionados y los artistas que han hecho historia son aquellos que han sabido aportar una idea renovada de la existencia; controversial en la mayoría de los casos, aunque ahora podamos entenderlas como “obvias”, y sobre todo que se han jugado por sus ideales pese a tener que ser tildados de locos. Tal es el caso de Tolstói, que renunció a todos sus bienes para ofrecérselos a los campesinos que habían trabajado en la finca de su padre desde que él era niño, que murió en una estación de tren y que su propia familia declaró de demente tan sólo por eso, por creer en algo diferente y por luchar por esas ideas. Cabe aclarar que fue Lev Tolstói uno de los primeros veganos que vio la historia./Téxil Gardey/LIVDUCA

lunes, 6 de agosto de 2012

Se buscan profesores para las asignaturas de: Imaginación, Inspiración, Talento, Vivencias. Ref: Escuela de Escritores



© Ivette Durán Calderón
De un tiempo a esta parte, dos o tres años, no más, pero más intensamente, en diferentes países se imparten cursos de ¿Escritura? ¿Escritura Literaria? En otras palabras: van proliferando las Escuelas y Talleres para formar escritores. Sin embargo, ésta no es una novedad, México es el país pionero, ya que el año 1986 se creó la Escuela de Escritores de la SOGEM (Sociedad General de Escritores de México), que fue la primera en su tipo en Latinoamérica y España; esa institución se sumó al trabajo que desde 1957 realizaba el Centro Mexicano de Escritores, epicentro de la literatura mexicana del siglo XX.
Efectivamente, están plenamente justificados los cursos de Redacción, Gramática, Ortografía, Semántica, Sintaxis, Análisis de novela, cuento, relato, ensayo, Crítica Literaria  y un largo etcétera – con lo simple que sería llamar a este curso “Lengua” o “Lenguaje” o “Literatura”-  y no dejar de fomentar la venta de las guías de “Análisis de texto y Lengua”. Pero, no podemos impartir, calificar y evaluar la imaginación, la inspiración, el talento o las vivencias de cada “alumno”. Fulano de tal reprobó por ¿falta de imaginación? Metafóricamente hablando: Podemos llevar a un jumento a la fuerza hasta el río…pero no podremos obligarle a beber de sus aguas.
El asunto no es escribir por escribir y autodenominarse “escritor”. Escritor es quien escribe bien y se hace dueño y eco de su oficio para atraer a sus lectores, llegar a ellos a través de la palabra correctamente escrita. De un escritor se debe aprender, no perder el tiempo leyéndolo. Escribir se aprende escribiendo, luego de leer mucho.
No vamos a divagar en la pregunta de siempre: “¿El escritor nace o se hace?”, muy común en las entrevistas. Las respuestas son variopintas.
Tuve la oportunidad de conocer a varios Diplomados de Formación Literaria que estudiaron en la Escuela Mexicana de Escritores. Me mostraron algunos con orgullo y otros con frustración sus diplomas, los cuales no les hace merecedores del Título de Escritor,  “es la obra, no el diploma, lo que les permite llamarse escritores” - es uno de los axiomas de esa escuela. – Enfatizó uno de ellos.
En una de mis visitas a Argentina, estuve tentada, más por curiosidad, que necesidad, de participar en las clases de "Clínica para novela y crónica", aún me queda la duda si debí o no haber participado.
La Escuela de Escritura Creativa de Chile, ofrecía el año 2006 un interesante – llamado por ellos módulo de estudios-  “fomento del libro y la lectura” asumí que pretendían fomentar la escritura, publicación, venta y compra de libros para su consecuente lectura. El curso estaba dirigido a escritores, estudiantes, amantes del desarrollo literario, del fomento del libro y la lectura, y a la comunidad en general. Mi estancia fue tan breve que no pude obtener más información.
En España, ofrecen capacitación permanente y competitiva con cursos presenciales y online, existe asimismo, un Máster de Narrativa.
No ha dejado de sorprenderme el año 2009, cuando recibí la información-invitación de la Asociación Latinoamericana de Escritores Cristianos de un “Curso para Escritores” me sonó simpático y diferente. Fue desde entonces que estoy convencida que los escritores pueden y deben actualizar sus conocimientos, sus capacitadores será sus propios colegas, más, o menos destacados, según se aprecie,  ya sea por un golpe de suerte o porque su contemporáneo magistral legado literario no deja lugar a dudas.
Me cabe puntualizar que diariamente me llegan online invitaciones de talleres, cursos, seminarios, etc., para mejorar o aprender el arte de escribir, paralelamente me ofrecen ventajosas ofertas de autoedición, me enseñan a escribir, pago por ello, luego autoedito mi libro, pago y a esperar. Mientras pague realmente me “enseñarán a escribir” o simplemente ofrecen impresión de cualquier texto llámese, novela, cuento poemario, ensayo, etc., libros que jamás llegarán a un escaparate serio, menos aún a una Feria de Libros. Siempre se necesitará la firma editorial. La autoedición halaga el ego y acrecienta el arca de las imprentas.
Os dejo con esta noticia:
Escuelas de escritores ¿puro cuento o una realidad?
Formación. El arte literario
Académicos, directivos, escritores y estudiantes aseguran que las escuelas funcionan, que son espacios para la creación y la autocrítica, que allí no van a encontrar el talento pero sí a forjar la disciplina
En las escuelas de escritores el talento no se vende, tampoco forma parte de asignaturas ni se consigue mediante un diploma con validez oficial. Con el tiempo, se han convertido en espacios necesarios donde el aspirante a escritor se forja, vence sus egos y afirma la autocrítica; allí adquiere disciplina y calidad literaria.
En México abundan los talleres literarios, cursos y diplomados de literatura; unos impartidos en casas de cultura y muchos en instituciones de la iniciativa privada. Incluso es un país pionero en escuelas para escritores. En 1986 se creó la Escuela de Escritores de la Sogem, que fue la primera en su tipo en América y España; esa institución se sumó al trabajo que desde 1957 realizaba el Centro Mexicano de Escritores, epicentro de la literatura mexicana del siglo XX.
Son válidas algunas preguntas a propósito de estas escuelas: ¿sirven?, ¿proporcionan herramientas?, ¿ayudan a forjar escritores?, ¿son espacios de acompañamiento y consejo?, ¿son lugares donde los aspirantes a escritor hallan habilidades para el oficio de escribir?
Académicos, directivos, escritores y estudiantes aseguran que las escuelas funcionan, que son espacios para la creación y la autocrítica, que allí no van a encontrar el talento pero sí a forjar la disciplina, que hay premisas que deben cumplir, que es un oficio de mucha disciplina y que deben terminar con el prejuicio que existe de que un escritor se hace leyendo y en la calle.
“Hay un prejuicio muy grande contra las escuelas de escritores; ¿por qué si hay una escuela de pintura, una de música, una de cine, una de fotografía o una escuela de danza, no habría de haber una escuela de escritores?”, señala Mario González Suárez, quien dirige la Escuela Mexicana de Escritores, creada en mayo de 2011. 
Todas las escuelas emprenden nuevas estrategias para allegarse alumnos, abren talleres en líneas, crean cursos de especialización para que los alumnos terminen una obra y la publiquen editoriales independientes; suman escritores como maestros, están al tanto de lo que pasa en otras escuelas. En todas hay autores, hay muchachos que han ganado premios, profesionales de la literatura, hay sueños y deseos de hacer carrera, tener estilo y nombre y que su obra se inscriba en la llamada República de las Letras.
Más sobre lo mismo:
Escuelas de escritores ¿puro cuento o una realidad?
La Sogem fue pionera en sistematizar la enseñanza de la creación literaria. Hoy, varias universidades y otras instituciones han creado sus programas. ¿Se puede aprender a ser escritor en un pupitre? Aquí hablan algunas experiencias

TRADICIÓN. La Escuela de escritores de la Sogem fue pionera en América Latina y España; miles de egresados han pasado por sus aulas, 800 han obtenido algún premio. (Foto: Oscar Palacios)

Arturo Carrasco llegó a la Escuela Mexicana de Escritores con un manuscrito bajo el brazo, era a penas un proyecto, una historia que exigía ser contada. En poco más de un año ha emprendido el azaroso camino de la escritura, ha caído y se ha levantado, ha descubierto que se aprende a escribir escribiendo, que la literatura, como toda arte, no se asimila en un manual sino que es un asunto orgánico y una labor continua por encontrar la voz propia.
En las escuelas de escritores el talento no se vende, tampoco forma parte de asignaturas ni se consigue mediante un diploma con validez oficial. Con el tiempo, se han convertido en espacios necesarios donde el aspirante a escritor se forja, vence sus egos y afirma la autocrítica; allí adquiere disciplina y calidad literaria.

En México abundan los talleres literarios, cursos y diplomados de literatura; unos impartidos en casas de cultura y muchos en instituciones de la iniciativa privada. Incluso es un país pionero en escuelas para escritores. En 1986 se creó la Escuela de Escritores de la Sogem, que fue la primera en su tipo en América y España; esa institución se sumó al trabajo que desde 1957 realizaba el Centro Mexicano de Escritores, epicentro de la literatura mexicana del siglo XX.
Hoy, en pleno siglo XXI, donde existen por lo menos cinco escuelas para escritores, la mayoría de reciente creación, son válidas las preguntas: ¿sirven?, ¿proporcionan herramientas?, ¿ayudan a forjar escritores?, ¿son espacios de acompañamiento y consejo?, ¿son lugares donde los aspirantes a escritor hallan habilidades para el oficio de escribir?
Académicos, directivos, escritores y estudiantes aseguran que las escuelas funcionan, que son espacios para la creación y la autocrítica, que allí no van a encontrar el talento pero sí a forjar la disciplina, que hay premisas que deben cumplir, que es un oficio de mucha disciplina y que deben terminar con el prejuicio que existe de que un escritor se hace leyendo y en la calle.
“Hay un prejuicio muy grande contra las escuelas de escritores; ¿por qué si hay una escuela de pintura, una de música, una de cine, una de fotografía o una escuela de danza, no habría de haber una escuela de escritores?”, señala Mario González Suárez, el escritor que dirige la Escuela Mexicana de Escritores, creada en mayo de 2011.
Las escuelas de escritores suelen ser ejercicios de escritura, de tallereo, de lecturas en voz alta, de acompañamiento de tutor-alumno y de alumno con alumno, son espacios para la discusión, el análisis y la autocrítica; lugares en los que no se aprenden el oficio sino que se ejerce con crítica.
Por ejemplo, el Programa de Escritura Creativa que desde 2008 tiene la Universidad del Claustro de Sor Juana, dice Sandra Lorenzano, escritora y vicerrectora de esa institución educativa, está pensado para disfrutar de la escritura y compartirla, para descubrir las posibilidades que encierra, a partir del diálogo con escritores formados, pero también con los pares.
“Creo que no se puede ‘enseñar’ a escribir, pero sí se puede acompañar en un proceso formativo, de conocimientos de las diversas herramientas creativas, y de descubrimiento de los caminos que la escritura puede abrir”, comenta.
Para Elsie Méndez Baillet, directora desde hace un año de la Escuela de Escritores de la Sogem, institución con 25 años de trabajo, las escuelas de escritores brindan herramientas y un punto de vista, un consejo, pero solamente eso, pues dice que si el escritor no trabaja no logra nada. “Trabajamos a través de talleres, de escribir, de leer, de escuchar opiniones de los demás y de corregir. Cuando el alumno termina tiene escritos unos dos cuentos, tal vez un tercio de novela, un guión de cine o tal vez proyecto para televisión”.
Alejandro Montes, profesor-investigador de la academia de Creación Literaria de la licenciatura que se imparte en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México desde 2001, cita que muchos han dicho que “Shakespeare nunca fue a la universidad”, y sugiere que para escribir sólo es suficiente hacerlo, él afirma que es una aseveración muy parcial porque únicamente apela a la voluntad del escritor no al oficio adquirido por la confrontación práctica de la experiencia ni a la adquisición de conocimientos por investigación, estudio y lectura.
Escribir escribiendo
Elsie Méndez Baillet asegura que un escritor se descubre a sí mismo escribiendo. “Solamente con la práctica de su escritura puede descubrir su voz específica que surge a partir de su experiencia propia y de las habilidades que tenga, es decir, el talento, lo han dicho muchísimas personas, tiene que ver con la gran cantidad de trabajo, de práctica y de experiencia”.
Sandra Lorenzano asegura que hay interés, han cursado el programa 900 personas y que incluso han creado la licenciatura en Escritura creativa y literatura, cuya primera generación ingresó en agosto de 2011.
Alejandro Montes dice que un escritor debe profesionalizar su oficio no sólo desde la intuición sino por medio de conocimientos organizados que enriquezcan su trabajo.
González Suárez es categórico: “Una facultad de letras no sirve para ser escritor, hace profesores y críticos, frustra vocaciones literarias; una facultad de letras está demasiado ceñida a una serie de requisitos académicos que no necesita un escritor, está muy bien para la investigación, la docencia pero no para la creación”.
También dice que se equivocan los escritores que aseguran que el escritor se hace en la calle y en la cantina. “Tú no aprendes a escribir leyendo, aprendes a escribir escribiendo y sobre todo aprendiendo a escribir con otros escritores. Los jóvenes tienen que aprender a conocerse, a trabajar consigo mismos; la literatura como todas las artes no es algo que se pueda aprender en un manual, es algo orgánico con lo que tienes que trabajar; las escuelas trabajan con el oficio”.

En los últimos años han surgido escuelas de escritores en latinoamérica y España, está la escuela de escritores en Madrid que tiene mucha actividad, pero también ejercicios en Venezuela, Argentina, Colombia y Estados Unidos. Por ejemplo, el Programa de Escritura Creativa del Claustro de Sor Juana tomó como modelo la Escuela Holden, creada por Alessandro Baricco en Turín.
Todas las escuelas emprenden nuevas estrategias para allegarse alumnos, abren talleres en líneas, crean cursos de especialización para que los alumnos terminen una obnra y la publiquen editoriales independientes; suman escritores como maestros, están al tanto de lo que pasa en otras escuelas como Casa Lamm o los ejercicios en el Centro Xavier Villaurrutia o ese experimento que fue la Escuela Dinámica de Escritores de Mario Bellatín.
En todas las escuelas de escritores, hay autores, hay muchachos que han ganado premios, hay profesionales ejerciendo la literatura, hay sueños y deseos de hacer carrera, tener estilo y nombre y que su obra se inscriba en la llamada República de las Letras.
Fuente/ El Universal/LIVDUCA

martes, 1 de mayo de 2012

Literatura parodiada


Ivette Durán calderón



Aprovechar el éxito ajeno para parodiar una obra, no es ético, sin embargo y pese a protestas y críticas variadas, esta actividad es considerada casi un sub-género literario por su cotidianidad perniciosa.

Algunas de estas obras pueden llegar a gozar de cierto éxito, otras de ninguno, en todo caso es el lector quien decide.

El artículo de Lecturtalia que a continuación ofrezco nos permite conocer más de cerca y a través de ejemplos esta curiosa actividad, no son escritores negros, tampoco plagiadores, son autores de obras que jamás escribieron.

Parodias literarias

Si tuviéramos que hacer recuento de todos esos géneros que podrían considerarse parásitos, es decir, todos aquellos que se aprovechan del éxito de determinados temas para vender unos cuantos ejemplares, la lista sería larga sin duda. Desde manuales esotéricos que se mueven en el farragoso terreno entre lo científico y lo inventado; libros de dietas o de autoayuda que vomitan datos recopilados de otros mil libros de dietas o autoayuda; libros rápidos inspirados por el superventas más reciente; o extensas autobiografías de personas que jamás han escrito más de tres palabras seguidas; todo nos indica que el mundo del libro no es siempre un cúmulo de literatura enriquecedora. Dentro de esta tendencia a apuntarse a la última moda, produciendo un número determinado de palabras para enviar a imprenta antes de que el público cambie de foco, aparecen de manera continua las obras paródicas, aquellas que aprovechan el éxito de un libro para crear otro muy similar de carácter humorístico.

Algunas de estas obras paródicas no ofrecen mucho más una vez superadas las primeras risas por el ingenioso título, ya que se limitan a copiar de modo casi íntegro el texto de la obra original, modificando nombres de personajes y lugares y poco más. Pero sí ha habido obras que han mantenido calidad suficiente como para gozar, por sí mismas, de gran aceptación entre el público lector. Uno de los ejemplos más conocidos es el del libro de 1969 Bored of The Rings (que en España publicó Devir con el nombre Sopor de los anillos, ya en el 2002, aprovechando el tirón de las películas de Peter Jackson). Parece ser que Devir se especializa en este tipo de parodias, ya que también es responsable de la publicación en español de McAtrix, Star Warped: La juerga de las galaxias y El Jobit, escritas por el anglosajón Adam Roberts bajo el pseudónimo de A. R. R. R. Roberts No son, ni mucho menos, las únicas parodias realizadas de estos libros y películas, como tampoco hay una única parodia de la conocidísima saga de Harry Potter, (aunque destaca la serie de Barry Trotter). Por supuesto también han aparecido títulos en formato cómic, como Harry Pórrez, creado por nombres del tebeo tan conocidos como Enriquecarlos o Vergara.

Y el más reciente en apuntarse al carro de la parodia ha sido el escritor estadounidense Andrew Shaffer, quien se ha basado en el nuevo fenómeno literario Fifty Shades of Grey, una trilogía erótica de tintes sadomasoquistas que se originó como fanfiction de Crepúsculo y que está arrasando en Amazon. Shaffer ha escrito 50 Shames of Earl Grey (Cincuenta vergüenzas de Earl Grey, suponemos que con Earl Grey se refiere al popular té de origen británico), mostrándose crítico de la naturaleza comercial y endeble de la obra original. Sin embargo, la parodia es, en cierta manera, un homenaje, y podría decirse que la parodia legitima, hace más real, a la obra original. Puede que Shaffer, en el fondo, le esté haciendo un favor a E. L. James al reírse de su obra./Fuente: Lecturalia/LIVDUCA